5.5.11
Edición libanesa
Tapa y contra de la edición en árabe de la antología de poesía argentino - libanesa.
La ilustración corresponde a un cuadro del maestro Carlos Gorriarena.
¡Qué extraño ver nuestros nombres escritos en la lengua de Las mil y una noches! Extraño y maravilloso puente...
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1.5.11
Lengua bastarda
"De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. ¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá donde esté encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros? Pues la salud pequeñita de Spinoza, hasta donde llegara, dando fe hasta el final de una nueva visión a la cual se va abriendo al pasar.
La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta. Es propio de la función fabuladora inventar un pueblo.
Precisamente, no es un pueblo llamado a dominar el mundo, sino un pueblo menor, eternamente menor, presa de un devenir–revolucionario. Tal vez sólo exista en los átomos del escritor, pueblo bastardo, inferior, dominado, en perpetuo devenir, siempre inacabado. Un pueblo en el que bastardo ya no designa un estado familiar, sino el proceso o la deriva de las razas. Soy un animal, un negro de raza inferior desde siempre. Es el devenir del escritor. Kafka para Centroeuropa, Melville para América del Norte presentan la literatura como la enunciación colectiva de un pueblo menor, o de todos los pueblos menores, que sólo encuentran su expresión en y a través del escritor.
Lo que hace la literatura en la lengua es más manifiesto: como dice Proust, traza en ella precisamente una especie de lengua extranjera, que no es otra lengua, ni un habla regional recuperada, sino un deve-nir–otro de la lengua, una disminución de esa lengua mayor, un delirio que se impone, una línea mágica que escapa del sistema dominante."
De Literatura y vida, por GIlles Deleuze.
(a la versión de internet, la saqué de acá)
25.4.11
Poesía argentina traducida al árabe
Comparto esta buenísima noticia, debida a las gestiones del escritor argentino Edgardo Zuain y de la escritora y crítica libanesa Zabah Zouain, responsables ambos de una bella antología de poetas libaneses y argentinos en la que tuve el honor de participar, gracias a la generosa invitación de Edgardo.
En estos enlaces, algo de la poesía libanesa publicada en la compilación.
http://parlezmoiparole.blogspot.com/2008/12/todo-est-aqu.html
http://parlezmoiparole.blogspot.com/2008/11/rizomas.html
Estimada/os poetas, me comunico para confirmarles que la compilación de poesía argentina en la que participaron junto a poetas libaneses ha sido finalmente traducida al árabe como les había adelantado hace unos meses. Hubo algunos inconvenientes pero ahora sí dicha presentación se hará el día 12 de mayo en Beirut y el 17 del mismo mes en Damasco, con la presencia del embajador argentino José Gutierrez Maxell (quien ha apoyado el proyecto desde un principio junto al área cultural de cancillería financiando la edición y los costos organizativos) y Sabah Zouein, la traductora de nuestros textos.
Asimismo tengo la alegría de comentarles que he sido invitado a concurrir al evento y que está previsto, también, una presentación en Siria.
Con la traducción de nuestros poetas se ha completado el ciclo de intercambio que deseábamos completar, pero además espero que a partir del contacto directo con escritores libaneses y autoridades culturales de allá, se puedan proyectar otros encuentros para el futuro. Intentaré traer suficientes ejemplares del libro como para que pueda acercárselos a todos.
Un abrazo y muchas gracias.
edgardo
En estos enlaces, algo de la poesía libanesa publicada en la compilación.
http://parlezmoiparole.blogspot.com/2008/12/todo-est-aqu.html
http://parlezmoiparole.blogspot.com/2008/11/rizomas.html
Estimada/os poetas, me comunico para confirmarles que la compilación de poesía argentina en la que participaron junto a poetas libaneses ha sido finalmente traducida al árabe como les había adelantado hace unos meses. Hubo algunos inconvenientes pero ahora sí dicha presentación se hará el día 12 de mayo en Beirut y el 17 del mismo mes en Damasco, con la presencia del embajador argentino José Gutierrez Maxell (quien ha apoyado el proyecto desde un principio junto al área cultural de cancillería financiando la edición y los costos organizativos) y Sabah Zouein, la traductora de nuestros textos.
Asimismo tengo la alegría de comentarles que he sido invitado a concurrir al evento y que está previsto, también, una presentación en Siria.
Con la traducción de nuestros poetas se ha completado el ciclo de intercambio que deseábamos completar, pero además espero que a partir del contacto directo con escritores libaneses y autoridades culturales de allá, se puedan proyectar otros encuentros para el futuro. Intentaré traer suficientes ejemplares del libro como para que pueda acercárselos a todos.
Un abrazo y muchas gracias.
edgardo
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14.4.11
Letras en su sitio
Me llega la buena nueva de un nuevo sitio: EL LINCE MIOPE.
Sus editores Alejo Carbonell, Martín Cristal y Diego Vigna lo describen como un "Colectivo dedicado a la literatura relacionada con Córdoba, Argentina. Una mirada (in)justa sobre temáticas, escritores, editoriales y libros cordobeses".
Los tres son escritores con obra publicada. Alejo es además editor (La Creciente y Caballo negro). Martín hace también crítica literaria desde su excelente blog (El pez volador) y en la revista cultural "Ciudad X". Diego es comunicador social y está cursando un doctorado en estudios sociales de América Latina.
Acá va el enlace para seguir al lince:
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2.4.11
Huérfanos
Era casi el frío del 82. Regresaba mi hermano desde el sur. Yo preparaba milanesas crocantes, abundantes, con poco ajo y el huevo necesario, para ahorrar. Mi hermano comía sin respiro las carnes rebozadas.
Eramos huérfanos tratando de crear un simulacro de cotidianidad en la cocina de la madre, que despedía los restos de su madre, en otra ciudad.
Éramos niños asustados. La abuela un cuerpo, desapareciendo.
25.3.11
Nunca más
tu muerte vive sin sombra
A ellos, que son nosotros.
Tu muerte vive sin sombra
quedó enganchada al alambre
flamea loca
sobre el pasto que crece
sin tu sombra
crece loca tu muerte
sobre las veredas y los parques
vive sin sauce tu sombra
el lagrimal herido de tu muerte
seca
vive para quedarse
flameando sola y larga
sobre la nuca del que cava
sobre los caninos el fémur la begonia seca
sobre el agujero infinito de tu muerte
larga
vive para dejar tu herida
sobre el pasto que crece
sobre las veredas y los parques
infinita.
andrea guiu
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21.3.11
El tren a Burdeos
Un cuento de Marguerite Duras.
Erotismo puro.
Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.
Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.
El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.
Volvió.
Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.
Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/duras/tren.htm
Erotismo puro.
Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.
Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.
El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.
Volvió.
Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.
Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/duras/tren.htm
19.2.11
Ella y el tiempo
Me abismo en la textura centenaria
¿será una mariposa en su devenir terrena
o acaso el pétreo fulgor de su combate?
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16.2.11
14.2.11
Guayasamín: el arte como oración y grito
De visita por Quito, maravillosa ciudad suspendida entre las nubes y la montaña, tuve la posibilidad de conocer de más cerca la obra del gran artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín.
Había visto obras suyas hace diez años en La Habana vieja, en la vivienda colonial que le obsequió Fidel Castro donde hoy, además de ser un museo, funciona una escuela para la formación artística de niños y jóvenes sin recursos.
Había visto obras suyas hace diez años en La Habana vieja, en la vivienda colonial que le obsequió Fidel Castro donde hoy, además de ser un museo, funciona una escuela para la formación artística de niños y jóvenes sin recursos.
Su museo ecuatoriano, ubicado en la "pituca" zona del Mariscal, exhibe sus aficiones de coleccionista -piezas de arte precolombino, Cristos, ángeles y vírgenes en esculturas y cuadros- y parte de su magnífica obra.
Recorrimos, escuchamos, nos conmovimos con su mirada y el testimonio de una asistente que lo acompañó en las últimas décadas. Pura potencia, sensibilidad; puros ojos y manos, un puro gesto-cuerpo lanzado sin red al fondo de la experiencia de la marginalidad, la injusticia, la pobreza -que él bien conoció- y aun en los contextos adversos de los perdedores del mundo, la posibilidad de la ternura, el sexo, el amor.
El grito de Guayasamín se vuelve estentóreo en la Capilla del Hombre, un predio construido ipso facto para brindar testimonio artístico de la gran tragedia del hombre americano. Anexa la propia vivienda de Guayasamín, este proyecto que el artista multifascético -pintor, orfebre, coleccionista, escultor- diseñó en vida para dejar su legado a la posteridad.
Un grito que tuerce en mueca los rostros. Que se hace carne en la obra.
Espacios amplios de línea modernista para poder contemplar sin atiborrarse -sin atajos- retazos de una historia de pueblos sojuzgados, la historia de nunca acabar...
En los murales de la entrada, gigantografías acompañan alguno de sus pensamientos. Como éste:
"Mi arte es una forma de oración, al mismo tiempo que de grito... y la más alta consecuencia del amor y de la soledad".
Recorrimos, escuchamos, nos conmovimos con su mirada y el testimonio de una asistente que lo acompañó en las últimas décadas. Pura potencia, sensibilidad; puros ojos y manos, un puro gesto-cuerpo lanzado sin red al fondo de la experiencia de la marginalidad, la injusticia, la pobreza -que él bien conoció- y aun en los contextos adversos de los perdedores del mundo, la posibilidad de la ternura, el sexo, el amor.
El grito de Guayasamín se vuelve estentóreo en la Capilla del Hombre, un predio construido ipso facto para brindar testimonio artístico de la gran tragedia del hombre americano. Anexa la propia vivienda de Guayasamín, este proyecto que el artista multifascético -pintor, orfebre, coleccionista, escultor- diseñó en vida para dejar su legado a la posteridad.
Un grito que tuerce en mueca los rostros. Que se hace carne en la obra.
Espacios amplios de línea modernista para poder contemplar sin atiborrarse -sin atajos- retazos de una historia de pueblos sojuzgados, la historia de nunca acabar...
En los murales de la entrada, gigantografías acompañan alguno de sus pensamientos. Como éste:
"Mi arte es una forma de oración, al mismo tiempo que de grito... y la más alta consecuencia del amor y de la soledad".
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21.1.11
La melancolía y sus monstruos
¡Adoro el mundo gótico! Los castillos, los pasadizos, las locas encerradas en la torre, las intrigas, los amores clandestinos, todo ese mundo de misterios encriptados que configuran el modus narrandi de una cierta erótica. Héroes monstruosos -de Drácula a Frankenstein, o toda la literatura licantrópica que abunda en el romanticismo y reproduce el cine con libre albedrío- condenados a la marginalidad por aquellos sentimientos que suscitan sus presencias: miedo y atracción en iguales dosis, el horror del espejo.
María Negroni es una de mis poetas preferidas, y una de las mentes más lúcidas del campo literario argentino. Acá bajo un fragmentito de la entrevista que le hicieron en Ñ.
"En la literatura fantástica, lo femenino es casi lo único que importa"
La ensayista y poeta argentina, radicada en Nueva York, acaba de publicar Galería Fantástica, donde analiza relatos de Carlos Fuentes, Rosario Ferré, Felisberto Hernández y Cortázar, entre otros, como derivados de la literatura gótica.
Por: CECILIA BOULLOSA. Especial para Ñ.
"La literatura gótica y fantástica, como la poesía, no intentan imponer certezas, al contrario, miran el mundo con cautela, asombro, perplejidad", dice Negroni.
No sólo de libros está llena la biblioteca de María Negroni. Aquí y allá, perdidas entre los estantes, hay muñecas antiguas, de esas de caras blanquísimas, ojos fijos y vestidos de organza ("Me encanta todo lo que tiene que ver con la infancia. Si no fuera escritora, sería coleccionista de juguetes). Las muñecas —dobles, miniaturas frías— también llenan muchos de los relatos que componen Galería Fantástica, ganador del VI premio de ensayo de Siglo XXI. En él, Negroni postula a la literatura fantástica latinoamericana como una deriva de la literatura gótica y toma como ejemplo de este vínculo relatos de Carlos Fuentes (Aura y La muñeca reina), Silvina Ocampo (El impostor), Felisberto Hernández (Las hortensias), Julio Cortazar (Las babas del diablo) y Alejandra Pizarnik (La condesa sangrienta), entre otros. A ambas literaturas —la fantástica y la gótica— les atribuye la particularidad de encarnar una formar de resistencia "a las cárceles de la razón y del sentido común" y de construir su "propio arsenal de oposición a la moral soleada (y petrificante) del statu quo".
-¿Cómo surge el proyecto de Galería Fantástica?-Empieza con la escritura de Museo Negro (1999), mi libro sobre el gótico norteamericano y europeo, en donde analizo textos como Otra vuelta de tuerca, de Henry James, Frankenstein y El retrato de Dorian Grey. Por esa época tenía una especie de radar para detectar los textos que en América Latina tenían características similares. Leí Cagliostro, de Huidobro, Bomarzo, de Manuel Mujica Laínez y me di cuenta de que los cuentos o relatos latinoamericanos tienen muchos elementos del gótico, que es algo que no había pensado antes. Aparecen muchos motivos repetidos. Están los científicos desmesurados, los artistas, el tema del doble, la relación entre el artista y la creación...
-Decís que a Silvina Ocampo le cabe el mérito de haber creado el gótico campero.
-¡Claro! En el relato El impostor no hay un castillo en Escocia como aparecería en el gótico, pero sí un chacra en el medio del campo que tiene muchas semejanzas. La casa está en ruinas, llena de filtraciones de agua, hay altillos que guardan los recuerdos de los ancestros, la cajita de música. Podría ser un revival de la casa de Una vuelta de tuerca, de Henry James. Pero además de los motivos repetidos, que aparecen y mucho, lo que verdaderamente me interesa es cierto carácter de resistencia que tienen estas literaturas frente a lo convencional. Ponen todo el tiempo en entredicho, desestabilizan las nociones con las que en general nos acercamos a la realidad, las categorías de tiempo, de espacio, de sujeto. Hay una especie de celebración de un mundo impreciso.
-Es como si el gótico y el fantástico ensancharan el mundo.
-No, no lo ensanchan, el mundo es ancho, lo recuerdan. Recuerdan que hay una parte oscura, que no sólo tiene que ver con los vampiros y el terror, sino con el mundo del deseo, el mundo de lo no controlable, de lo no articulable. Un mundo que está todo el tiempo tensando desde abajo, como en el relato de Poe, La caída de la Casa Usher, donde la hermana del protagonista, Lady Madeline, golpea desde abajo, recordando que allí hay algo que está vivo. Generalmente lo que está tensando ahí abajo, lo que está pulsando y latiendo, tiene que ver con lo femenino. No necesariamente con el cuerpo de una mujer, sino con una zona que se le escapa a la palabra, la zona del deseo.
-También decís que es la literatura que más se acerca a la poesía, ¿de qué manera lo hace?
-Se para en el mismo lugar, en el lugar de lo que no se sabe. No hay poesía desde la certeza, es el género que por antonomasia cuestiona los fundamentos de lo real, desde el momento que cuestiona el instrumento mismo del acercamiento a lo real que es la lengua. No es casualidad que Baudelaire, el primer poeta de la modernidad, fuera traductor de Poe, todos los poetas del surrealismo francés admiraban la literatura gótica, Breton se hizo construir un castillo, que llamaba su castillo estrellado. La literatura gótica y fantástica, como la poesía, son conjeturales, tentativas, no intentan imponer certezas, al contrario, miran el mundo con cautela, asombro, perplejidad.
-Los relatos que elegiste también están llenos de jardines
- Pero no son jardines edénicos. Son jardines manchados, los jardines después de que Eva mordió la manzana. Están teñidos de la ambición de conocimiento, siempre hay un castigo latente cuando aparece el deseo de conocer. Los jardines del fantástico están cargados de deseo, muerte, sexualidad, temporalidad
(la nota completa acá)
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20.1.11
La epifanía de la reina
Escribo tu intemperie, tu desierto, tu isla.
Una gran película sobre la soledad del poder y de la inteligencia.
Y un festín visual.
(Sorpresas del cable: "Elizabeth, la edad de oro")
Y un festín visual.
(Sorpresas del cable: "Elizabeth, la edad de oro")
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9.1.11
Carne de cañón
Tengo frío, me dijo esa mañana límpida de abril. Le calenté
un poco de café que había preparado la noche anterior y arrimé la taza a sus
labios. Pela, me dijo, apartando la boca, y yo comencé a soplar suavemente el
líquido. Ahora sí, me parece que está tibio, le dije y deposité el recipiente
entre sus manos.
Desde el cuarto llegaba la melodía susurrante de un bolero. Aquellos ojos verdes, en la voz y el español camuflado de Nat King Cole.
Él también tenía los ojos verdes. Me gustaba merodear su pecho lampiño con mi lengua, olerle la colonia en la nuca, morderla suavemente. Le decía hermoso te amo, no se me ocurría un te deseo, todo era lo mismo, amar, desear, coger, un solo infinitivo para el mundo escueto que éramos. Y el tiempo, tan futuro ciego aun con el sol opaco que brillaba ese otoño, los pasos veloces en la calle, las celosías entornadas de los vecinos, el silbido de buitres merodeando su carne.
Desde el cuarto llegaba la melodía susurrante de un bolero. Aquellos ojos verdes, en la voz y el español camuflado de Nat King Cole.
Él también tenía los ojos verdes. Me gustaba merodear su pecho lampiño con mi lengua, olerle la colonia en la nuca, morderla suavemente. Le decía hermoso te amo, no se me ocurría un te deseo, todo era lo mismo, amar, desear, coger, un solo infinitivo para el mundo escueto que éramos. Y el tiempo, tan futuro ciego aun con el sol opaco que brillaba ese otoño, los pasos veloces en la calle, las celosías entornadas de los vecinos, el silbido de buitres merodeando su carne.
3.1.11
La aventura del hombre
Por Juan Forn
Dice Marshall Berman que, después de la aparición de su gran ensayo Todo lo sólido se desvanece en el aire, que fue la obra de su vida y publicó a principios de los años ‘80, se fue sintiendo cada vez más arrinconado por la obligación de publicar: “Crecí con la convicción de que un libro debe surgir de las profundidades del alma de su autor y lograr convertirse en un todo orgánico. Conseguí escribir un libro así. Como no pude hacer otro libro semejante, no publiqué más. No dejé de escribir, pero nada me parecía lo suficientemente bueno como para merecer el título de libro”. De hecho, el volumen titulado Aventuras marxistas, que reúne piezas sueltas que Berman fue publicando a lo largo de su vasta trayectoria intelectual, sólo apareció después de años y años de insistencia de su fiel editor inglés. Y, para su propia sorpresa, Berman descubrió que esas piezas conformaban mensajes escritos en una botella que se había enviado a sí mismo sin saberlo, a lo largo de los años.
Nacido en el Bronx, hijo de un judío trapero devorado por la pujanza del capitalismo norteamericano, el joven Berman se internó en el marxismo para dar sentido a la muerte de su padre: “Sólo analizando su vida pude entender la mía, imaginar quién quería ser en el mundo. Con el tiempo descubrí que estudiar vidas humanas es una de las grandes cosas para las que sirve el marxismo”. La obra de Marx es, para Berman, un formidable I Ching que todo lo contiene, si uno sabe qué preguntarle (y, por supuesto, con el tiempo siempre descubrimos que el I Ching no contesta la pregunta que le hacemos sino aquella que no sabemos cómo formular). Hay quienes usan así la obra de Shakespeare, o la de Kafka. Berman eligió la de Marx, sencillamente porque “es uno de los escritores más comunicativos de la historia, alguien que presentó las ideas más complejas de la manera más intensa y dramática, y nunca escribió en lenguaje excluyente (como suelen hacer quienes escriben sobre él) sino como un hombre que habla a los hombres”.
Berman entró en Columbia gracias a una beca pública y después fue a Oxford gracias a otra beca pública, pero desarrolló toda su carrera no en esos ilustres claustros sino en el City College, “entre estudiantes que, como yo, provenían de la clase trabajadora y de las calles de Nueva York”. A lo largo de todos estos años, en sus clases y en sus textos, Berman puso a dialogar a su época con Marx y logró generar en sus alumnos y en sus lectores lo que Marx generó en él: contagiar su visión del mundo haciéndonos ver en esas palabras nuestra visión del mundo. Se ha dicho muchas veces que leer y escribir son dos facetas de una misma actividad. Berman ha escrito y dado clase así siempre: en un diálogo simultáneo con el hombre que le enseñó a leer y con aquellos a quienes se quiere dirigir con lo que escribe, “como un hombre que habla a los hombres”.
Para Berman, Marx dejó la obra más elocuente de los tiempos modernos porque sigue explicando la realidad, nuestra realidad, como pocos, o como nadie. Esa elocuencia se debe a la amplitud del objetivo de Marx (la extraordinaria esperanza que implica un mundo donde el máximo objetivo del ser humano no sea explotar a los demás, a la naturaleza y hasta a uno mismo sino superar esa explotación) pero especialmente a la intensidad con que escenificó nuestra condición (entendiendo por nuestra condición el mundo capitalista: ese mundo que le tocó vivir a Marx y también a Berman, y a todos nosotros). Aunque El Capital esté firmado con su nombre, Marx lo presentó como una empresa colectiva y, en colaboración, que surgió del trabajo de cientos y miles de personas: una asombrosa multiplicidad de voces, ilustres y anónimas, de mineros y tenderos, políticos y filósofos, que aparecen unas pocas líneas o en prolongadísimos debates con él. Hasta el más acérrimo de sus adversarios reconoce hoy que nadie entendió más a fondo el capitalismo. Incluso el hecho de que El Capital haya quedado inconcluso es una buena prueba de ello: “¿Cómo podía concluirse si el capitalismo sigue vivo?”, dice Berman.
Esto no es una boutade, sino una convicción: “La visión del mundo en su conjunto es lo más vivo y estimulante que puede transmitir un escritor a través de su obra”, dice Berman. Esa visión, que suele ser menos tangible que su política, su economía, su religión, su ideología, es, sin embargo, más profunda, porque es lo que hace que la obra de un escritor mantenga elocuencia después de que su causa política, económica, religiosa o ideológica haya ganado, perdido o se haya apagado. Y ése es el Marx que Berman nos pone delante. “El inmenso poder del mercado en las vidas íntimas de los hombres modernos nos lleva a mirar la lista de precios en busca de respuesta a preguntas que no son realmente económicas sino metafísicas: preguntas acerca de qué vale la pena, qué es honorable, incluso qué es real. Aquello para lo cual hoy buscamos desesperadamente definiciones ya fue definido hace más de un siglo por ese hombre que debió convertirse en el mayor experto en el capitalismo para que alguna vez logremos darle un desenlace.”
Nos demos cuenta o no, nuestro capital espiritual sigue teniendo en su centro lo que nos dejaron los titanes atormentados del siglo diecinueve: Beethoven, Dostoievski, Van Gogh, Nietzsche, Baudelaire, Goya y siguen las firmas. Y el motor del capitalismo sigue consistiendo en aliviar a sus creyentes de la responsabilidad de sus acciones. Todos aquellos que hoy pueblan las infinitas oficinas y negocios y fábricas y depósitos de las grandes ciudades del mundo, identificándose alegremente con los dueños del capital hasta que la empresa o el mercado decreta la obsolescencia de sus habilidades (e ignorando alegremente mientras tanto que dan o reciben órdenes de personas que son de su propia clase por la sencilla razón de que comparten su misma vulnerabilidad), tarde o temprano, con la cabeza en la almohada o frente al espejo al despertarse, sienten el mismo rumor ensordecedor que resonaba en la cabeza de Dostoievski y de Marx, de Van Gogh y de Kafka, de Baudelaire y de Nietzsche. El extraordinario mensaje en la botella que nos hace llegar Berman con sus Aventuras marxistas es que no vivimos el fin de la Historia: en todo caso, somos el último capítulo hasta que logremos crear el siguiente. Una hermosa noticia para acompañarnos en el paso del último día del año al primer día del año que viene.
Dice Marshall Berman que, después de la aparición de su gran ensayo Todo lo sólido se desvanece en el aire, que fue la obra de su vida y publicó a principios de los años ‘80, se fue sintiendo cada vez más arrinconado por la obligación de publicar: “Crecí con la convicción de que un libro debe surgir de las profundidades del alma de su autor y lograr convertirse en un todo orgánico. Conseguí escribir un libro así. Como no pude hacer otro libro semejante, no publiqué más. No dejé de escribir, pero nada me parecía lo suficientemente bueno como para merecer el título de libro”. De hecho, el volumen titulado Aventuras marxistas, que reúne piezas sueltas que Berman fue publicando a lo largo de su vasta trayectoria intelectual, sólo apareció después de años y años de insistencia de su fiel editor inglés. Y, para su propia sorpresa, Berman descubrió que esas piezas conformaban mensajes escritos en una botella que se había enviado a sí mismo sin saberlo, a lo largo de los años.
Nacido en el Bronx, hijo de un judío trapero devorado por la pujanza del capitalismo norteamericano, el joven Berman se internó en el marxismo para dar sentido a la muerte de su padre: “Sólo analizando su vida pude entender la mía, imaginar quién quería ser en el mundo. Con el tiempo descubrí que estudiar vidas humanas es una de las grandes cosas para las que sirve el marxismo”. La obra de Marx es, para Berman, un formidable I Ching que todo lo contiene, si uno sabe qué preguntarle (y, por supuesto, con el tiempo siempre descubrimos que el I Ching no contesta la pregunta que le hacemos sino aquella que no sabemos cómo formular). Hay quienes usan así la obra de Shakespeare, o la de Kafka. Berman eligió la de Marx, sencillamente porque “es uno de los escritores más comunicativos de la historia, alguien que presentó las ideas más complejas de la manera más intensa y dramática, y nunca escribió en lenguaje excluyente (como suelen hacer quienes escriben sobre él) sino como un hombre que habla a los hombres”.
Berman entró en Columbia gracias a una beca pública y después fue a Oxford gracias a otra beca pública, pero desarrolló toda su carrera no en esos ilustres claustros sino en el City College, “entre estudiantes que, como yo, provenían de la clase trabajadora y de las calles de Nueva York”. A lo largo de todos estos años, en sus clases y en sus textos, Berman puso a dialogar a su época con Marx y logró generar en sus alumnos y en sus lectores lo que Marx generó en él: contagiar su visión del mundo haciéndonos ver en esas palabras nuestra visión del mundo. Se ha dicho muchas veces que leer y escribir son dos facetas de una misma actividad. Berman ha escrito y dado clase así siempre: en un diálogo simultáneo con el hombre que le enseñó a leer y con aquellos a quienes se quiere dirigir con lo que escribe, “como un hombre que habla a los hombres”.
Para Berman, Marx dejó la obra más elocuente de los tiempos modernos porque sigue explicando la realidad, nuestra realidad, como pocos, o como nadie. Esa elocuencia se debe a la amplitud del objetivo de Marx (la extraordinaria esperanza que implica un mundo donde el máximo objetivo del ser humano no sea explotar a los demás, a la naturaleza y hasta a uno mismo sino superar esa explotación) pero especialmente a la intensidad con que escenificó nuestra condición (entendiendo por nuestra condición el mundo capitalista: ese mundo que le tocó vivir a Marx y también a Berman, y a todos nosotros). Aunque El Capital esté firmado con su nombre, Marx lo presentó como una empresa colectiva y, en colaboración, que surgió del trabajo de cientos y miles de personas: una asombrosa multiplicidad de voces, ilustres y anónimas, de mineros y tenderos, políticos y filósofos, que aparecen unas pocas líneas o en prolongadísimos debates con él. Hasta el más acérrimo de sus adversarios reconoce hoy que nadie entendió más a fondo el capitalismo. Incluso el hecho de que El Capital haya quedado inconcluso es una buena prueba de ello: “¿Cómo podía concluirse si el capitalismo sigue vivo?”, dice Berman.
Esto no es una boutade, sino una convicción: “La visión del mundo en su conjunto es lo más vivo y estimulante que puede transmitir un escritor a través de su obra”, dice Berman. Esa visión, que suele ser menos tangible que su política, su economía, su religión, su ideología, es, sin embargo, más profunda, porque es lo que hace que la obra de un escritor mantenga elocuencia después de que su causa política, económica, religiosa o ideológica haya ganado, perdido o se haya apagado. Y ése es el Marx que Berman nos pone delante. “El inmenso poder del mercado en las vidas íntimas de los hombres modernos nos lleva a mirar la lista de precios en busca de respuesta a preguntas que no son realmente económicas sino metafísicas: preguntas acerca de qué vale la pena, qué es honorable, incluso qué es real. Aquello para lo cual hoy buscamos desesperadamente definiciones ya fue definido hace más de un siglo por ese hombre que debió convertirse en el mayor experto en el capitalismo para que alguna vez logremos darle un desenlace.”
Nos demos cuenta o no, nuestro capital espiritual sigue teniendo en su centro lo que nos dejaron los titanes atormentados del siglo diecinueve: Beethoven, Dostoievski, Van Gogh, Nietzsche, Baudelaire, Goya y siguen las firmas. Y el motor del capitalismo sigue consistiendo en aliviar a sus creyentes de la responsabilidad de sus acciones. Todos aquellos que hoy pueblan las infinitas oficinas y negocios y fábricas y depósitos de las grandes ciudades del mundo, identificándose alegremente con los dueños del capital hasta que la empresa o el mercado decreta la obsolescencia de sus habilidades (e ignorando alegremente mientras tanto que dan o reciben órdenes de personas que son de su propia clase por la sencilla razón de que comparten su misma vulnerabilidad), tarde o temprano, con la cabeza en la almohada o frente al espejo al despertarse, sienten el mismo rumor ensordecedor que resonaba en la cabeza de Dostoievski y de Marx, de Van Gogh y de Kafka, de Baudelaire y de Nietzsche. El extraordinario mensaje en la botella que nos hace llegar Berman con sus Aventuras marxistas es que no vivimos el fin de la Historia: en todo caso, somos el último capítulo hasta que logremos crear el siguiente. Una hermosa noticia para acompañarnos en el paso del último día del año al primer día del año que viene.
Aquí el link de la nota.
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No todo lo sólido se desvanece en el tiempo
A Marshall B. lo conocí bajo el impulso de Roxana Patiño, entonces titular de la cátedra de Sociología de la obra literaria, a cuyas clases yo asistía como alumna oyente (mis horarios y exigencias de laburo no daban para una adscripción).
Tenía hambre de teoría, pues el plan 78 había proscripto toda lectura asociable al marxismo, estructuralismo, deconstructivismo y así cualquier istmo sospechado de ejercer una crítica política sobre los discursos de la cultura y el arte.
Encontrarme con Marshall en su libro “Todo lo sólido se desvanece en el aire” fue una especie de felicidad. Un viaje al corazón de la modernidad inventada por la burguesía. Y una de las experiencias de lectura más gratas de mi vida.
Disfruté el placer de seguir su novela del pensamiento, el vuelo y la soltura con que encaraba para mí un entonces autor imposible como Carlos Marx, cotejado y anticipado por el "Fausto" de Goethe.
El recorrido en la segunda parte de la trilogía Paris – San Petersburgo – Nueva York como ciudades emblemáticas del espíritu constructor/destructor de la modernidad despertaron mi deseo flaneur de transitarlas.
Pude hacerlo con la ciudad de Baudelaire y con la de Salinger (cfr, post en este mismo blog: Antes del 11S); aun tengo pendiente la de Nabokov.
Tenía hambre de teoría, pues el plan 78 había proscripto toda lectura asociable al marxismo, estructuralismo, deconstructivismo y así cualquier istmo sospechado de ejercer una crítica política sobre los discursos de la cultura y el arte.
Encontrarme con Marshall en su libro “Todo lo sólido se desvanece en el aire” fue una especie de felicidad. Un viaje al corazón de la modernidad inventada por la burguesía. Y una de las experiencias de lectura más gratas de mi vida.
Disfruté el placer de seguir su novela del pensamiento, el vuelo y la soltura con que encaraba para mí un entonces autor imposible como Carlos Marx, cotejado y anticipado por el "Fausto" de Goethe.
El recorrido en la segunda parte de la trilogía Paris – San Petersburgo – Nueva York como ciudades emblemáticas del espíritu constructor/destructor de la modernidad despertaron mi deseo flaneur de transitarlas.
Pude hacerlo con la ciudad de Baudelaire y con la de Salinger (cfr, post en este mismo blog: Antes del 11S); aun tengo pendiente la de Nabokov.
En estos días, cuando ya casi había olvidado que pudiera tener alguna vigencia aquel texto de principios de los 80, con que el autor intentó exorcizar el dolor por la pérdida de un hijo, me encontré con un precioso artículo del escritor argentino Juan Forn sobre las "aventuras marxistas" del filósofo estadounidense. (Ver: La aventura del hombre)
Feliz comienzo de año recordando a Berman avec Marx by Forn.
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26.12.10
Viejos artículos sobre espadachines
Estoy revisando archivos viejos, links que enlisté en dudosas carpetas, que no quiero perder. ¿Dónde los guardo? pensé...
Bueno, aquí, claro, a disposición de otros, de red en red.
Este que me pareció buenísimo y que se publicó en Página hace 5 años tiene que ver con el cine y las guerras a sablazos de Hollywood, a propósito del estreno de Star Wars.
Va intro y el enlace para ampliar.
La hora de la espada
Cruzada, Troya, Gladiador, Rey Arturo, Alejandro Magno, Star Wars. El sable láser, la espada, Excalibur, el florete. ¿Por qué Hollywood decidió resolver todo a sablazos?
Por Juan Ignacio Boido
El estreno de Star Wars tiene una interpretación política evidente: el nacimiento de Darth Vader no es sino el resultado de una metamorfosis mayor, el de una República que, enfrentada a las tensiones que nacen bajo su esplendor, es llevada a devenir en Imperio. Como a partir del siglo XX todo imperio es no sólo imperialista sino también un voraz aniquilador de diferencias que el mundo estaría en condiciones de albergar, el Imperio es, en sí, un Imperio del Mal. Pero el juego de la interpretación permite ver en Star Wars otra culminación: la culminación, o apoteosis, de un proceso menos político pero quizá más mítico, un proceso del que Star Wars mismo fue un pionero hace treinta años, el de la resolución, en el cine y en el imaginario que el cine a la vez moldea y materializa, de conflictos a través de la espada.
Bueno, aquí, claro, a disposición de otros, de red en red.
Este que me pareció buenísimo y que se publicó en Página hace 5 años tiene que ver con el cine y las guerras a sablazos de Hollywood, a propósito del estreno de Star Wars.
Va intro y el enlace para ampliar.
La hora de la espada
Cruzada, Troya, Gladiador, Rey Arturo, Alejandro Magno, Star Wars. El sable láser, la espada, Excalibur, el florete. ¿Por qué Hollywood decidió resolver todo a sablazos?
Por Juan Ignacio Boido
El estreno de Star Wars tiene una interpretación política evidente: el nacimiento de Darth Vader no es sino el resultado de una metamorfosis mayor, el de una República que, enfrentada a las tensiones que nacen bajo su esplendor, es llevada a devenir en Imperio. Como a partir del siglo XX todo imperio es no sólo imperialista sino también un voraz aniquilador de diferencias que el mundo estaría en condiciones de albergar, el Imperio es, en sí, un Imperio del Mal. Pero el juego de la interpretación permite ver en Star Wars otra culminación: la culminación, o apoteosis, de un proceso menos político pero quizá más mítico, un proceso del que Star Wars mismo fue un pionero hace treinta años, el de la resolución, en el cine y en el imaginario que el cine a la vez moldea y materializa, de conflictos a través de la espada.
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Más sobre Bruce
Parece que Bruce Ch. hizo de su propia vida un mito.
Encontré esta nota sobre la biografía que escribió uno de sus mejores amigos y editores, Nicholas Shakespeare.
Van un par de fragmentos y el enlace por si quieren leer más
"Ya sea en su infancia rural, en su trabajo en Sotheby’s, en sus vagabundeos por países remotos o en sus estancias en las casas de sus elegantes amigos, lo que Shakespeare cuenta es un juego de identidades al que Chatwin condujo siempre su vida. Unas identidades que se pasean por aquí como una galería de máscaras y que van trazando esa personalidad de nuestro autor como un ser que despierta desconcierto y deslumbramiento a partes iguales (...)
El Bruce Chatwin prosista de calidad óptima, sentimental cerebral de un gusto avisado y de una múltiple cultura, visitante asiduo de los santos lugares de nuestra postmodernidad, niño mimado por la beautiful people de la literatura de occidente (de Salman Rushdie o von Rezzori a los jóvenes novelistas ingleses), amante sórdido y sublime, tiene aquí un homenaje a la medida de su ambición o a los parámetros de su leyenda. Un ejercicio de fascinación donde las revelaciones más comprometidas se escapan discretamente como conviene al icono que aquí se quiere crear."
(Ver: Bruce Chatwin: la biografía)
25.12.10
Bruce Chatwin o el oficio nómade
Había escuchado hablar de él, especialmente de su libro sobre la Patagonia, región de nuestro profundo sur que tradicionalmente ha despertado la imaginación y el don de aventura de artistas y científicos del mundo “civilizado”.
¿Será porque el desierto, en cualquiera de su formas, representa esa disponibilidad siempre latente, y por ello, inasible, de lo aun no descubierto, no creado, la potencia pura que brinda la intemperie? ¿Será por encarnar una suerte de metáfora de aquella soledad que reina, indómita y orgullosa, en el corazón de los espíritus libres?
Lástima no tenerlo cerca al bueno de Bruce para preguntarle, bebiéndonos unos brandys en algún paraje de la tierra de los vientos.
Como sea, el escritor inglés, muerto a los 59 años, escribió y vivió intensamente otros numerosos viajes, de los que dejó feliz memoria.
En estos días (¡gracias Bibi Fulchieri!) lo estoy disfrutando, paladeando y acompañándolo en sus travesías –territoriales, afectivas- con sumo placer.
Y confirmando que los grandes escritores pueden hacernos vivir como grandes aventuras cualquier tipo de situación: las confidencias de una enfermera durante una internación forzosa, la borrachera compartida con un amigo y el encuentro con personajes notables de diversa laya.
Así como de contar, con la mayor naturalidad, sus arriesgadas peripecias por Asia y África.
Ahora que lo pienso, quizás lo que más me atrae de Bruce Chatwin es la serena aridez de sus relatos, que opera naturalizando circunstancias / personajes fuera de lo común.
¿Hablábamos del desierto?
¿Será porque el desierto, en cualquiera de su formas, representa esa disponibilidad siempre latente, y por ello, inasible, de lo aun no descubierto, no creado, la potencia pura que brinda la intemperie? ¿Será por encarnar una suerte de metáfora de aquella soledad que reina, indómita y orgullosa, en el corazón de los espíritus libres?
Lástima no tenerlo cerca al bueno de Bruce para preguntarle, bebiéndonos unos brandys en algún paraje de la tierra de los vientos.
Como sea, el escritor inglés, muerto a los 59 años, escribió y vivió intensamente otros numerosos viajes, de los que dejó feliz memoria.
En estos días (¡gracias Bibi Fulchieri!) lo estoy disfrutando, paladeando y acompañándolo en sus travesías –territoriales, afectivas- con sumo placer.
Y confirmando que los grandes escritores pueden hacernos vivir como grandes aventuras cualquier tipo de situación: las confidencias de una enfermera durante una internación forzosa, la borrachera compartida con un amigo y el encuentro con personajes notables de diversa laya.
Así como de contar, con la mayor naturalidad, sus arriesgadas peripecias por Asia y África.
Ahora que lo pienso, quizás lo que más me atrae de Bruce Chatwin es la serena aridez de sus relatos, que opera naturalizando circunstancias / personajes fuera de lo común.
¿Hablábamos del desierto?
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1.12.10
El jardinero fiel
Un precioso texto personal del prestigioso dramaturgo e intelectual, para ADN Cultura de L.N.
De la jardinería como una de las bellas artes... metáfora "viva" de la escritura.
Mauricio Kartun en el jardín
Muy pocas cosas me hacen reír en soledad: la risa debe de ser en mí un rito social, porque cuando estoy solo me sale poco. Pero de entre esas escasas risas hay tres que no me fallan: ciertos videítos de Violencia Rivas, el descubrimiento de alguna metáfora suculenta cuando escribo y la aparición de la primera flor en mi jardín. Una alegría radiante. Y me río. Yo soy medio agnosticote, pero mi mujer, que es de fe, suele hablarme del concepto de la gracia, la manifestación de lo sagrado. El humor, la poesía y las plantas deben ser el módico altarcito que venero.
Para ser feliz un rato, emborracharse. Para ser feliz una semana, hacer un viaje. Para ser feliz un año, casarse. Para serlo toda la vida, cuidar un jardín. Así dicen los chinos, tan proverbiales siempre los tipos.
Grandes, los chinos. Una verdad grande como un ombú: de nada disfruto tanto como de la jardinería. Y nada le va mejor, estoy convencido, al trabajo del escritor. Le siguen, cerquita, los gatos, pero quedan segundos ahí: jardín y escritura son el par maestro. Y analógico: crear una pequeña utopía y habitarla. Recorrerla a diario metiendo mano aquí y allá. Sembrar. Componer. Podar. Sacar hojarasca. No hay nada de lo que hago con las manos en tierra que no encuentre su semejante con las manos en tinta. Y encima se alternan en secuencia deliciosa. Dejar el papel para ir a la tierra y volver al papel.
Creo mucho en la mano verde. No es un invento de las viejas ni una cursilería. Es el contacto profundo y paciente con lo lento y lo silencioso. Nada de quieto ni mudo: eso es ingenuo. Se mueven y hablan, sólo que hay que saber escuchar y tener paciencia. Saber escuchar y esperar el crecimiento de una imagen: de nada sabemos mejor los dramaturgos. A lo que llamamos allá mano verde, le decimos acá buena pluma: gemelos separados al nacer.
Retoco la proverbialidad oriental: Para ser feliz toda la vida, cuidar un jardín mientras escribo.
Para ser feliz un rato, emborracharse. Para ser feliz una semana, hacer un viaje. Para ser feliz un año, casarse. Para serlo toda la vida, cuidar un jardín. Así dicen los chinos, tan proverbiales siempre los tipos.
Grandes, los chinos. Una verdad grande como un ombú: de nada disfruto tanto como de la jardinería. Y nada le va mejor, estoy convencido, al trabajo del escritor. Le siguen, cerquita, los gatos, pero quedan segundos ahí: jardín y escritura son el par maestro. Y analógico: crear una pequeña utopía y habitarla. Recorrerla a diario metiendo mano aquí y allá. Sembrar. Componer. Podar. Sacar hojarasca. No hay nada de lo que hago con las manos en tierra que no encuentre su semejante con las manos en tinta. Y encima se alternan en secuencia deliciosa. Dejar el papel para ir a la tierra y volver al papel.
Creo mucho en la mano verde. No es un invento de las viejas ni una cursilería. Es el contacto profundo y paciente con lo lento y lo silencioso. Nada de quieto ni mudo: eso es ingenuo. Se mueven y hablan, sólo que hay que saber escuchar y tener paciencia. Saber escuchar y esperar el crecimiento de una imagen: de nada sabemos mejor los dramaturgos. A lo que llamamos allá mano verde, le decimos acá buena pluma: gemelos separados al nacer.
Retoco la proverbialidad oriental: Para ser feliz toda la vida, cuidar un jardín mientras escribo.
(El enlace original aquí )
26.11.10
Variaciones sobre Penélope
la mujer acaricia las ojeras frente al espejo
ensaya la sonrisa el argumento la dilación
la trama
ensaya la sonrisa el argumento la dilación
la trama
20.11.10
Infancia
los ojos que tuvimos en la infancia;
nuestra forma en el cielo cómo era
predestinada a esta eterna errancia.
J.R. Wilcock: Los destinos
14.11.10
Estética del fragmento
Algo del orden del fragmento, inacabado. El fruto de un estallido.
De contornos difusos, temblorosos.
El algo (una astilla, un rastro), sucede como efecto al bigbang de un proceso.
Me dijo que trabaje esa "no forma", no el segmento sino el fragmento. Me quedo cavilando, y cuando me abandono a la experiencia los ejemplos vienen a mí, claros, precisos. Sólo la experiencia puede brindarme algún tipo de comprensión.
Entonces se revelan innecesarios los puntos suspensivos. Los énfasis.
¿Cómo terminar un cuerpo que ni siquiera empezó? Cuerpo, organismo: decisiones.
Lo real no se detiene en los artilugios: transcurre sin más.
Déjalo, déjate acontecer.
De contornos difusos, temblorosos.
El algo (una astilla, un rastro), sucede como efecto al bigbang de un proceso.
Me dijo que trabaje esa "no forma", no el segmento sino el fragmento. Me quedo cavilando, y cuando me abandono a la experiencia los ejemplos vienen a mí, claros, precisos. Sólo la experiencia puede brindarme algún tipo de comprensión.
Entonces se revelan innecesarios los puntos suspensivos. Los énfasis.
¿Cómo terminar un cuerpo que ni siquiera empezó? Cuerpo, organismo: decisiones.
Lo real no se detiene en los artilugios: transcurre sin más.
Déjalo, déjate acontecer.
27.10.10
26.10.10
Los 22 pliegues de la vida humana
El hijo, el hijo del jefe, el hijo del enfermo, el hijo del labriego, el hijo del necio, el hijo del Mago, nacen con veintidós pliegues.
La cuestión es desplegarlos.
La vida del hombre entonces se completa.
Bajo esa forma muere.
No le resta pliegue alguno por desplegar.
Raramente muere el hombre conservando algunos pliegues sin desplegar.
Ha ocurrido sin embargo.
Paralelamente a esta operación el hombre forma su carozo.
Las razas inferiores, como la raza blanca, ven más el carozo que el despliegue.
El Mago ve más bien el despliegue.
Sólo el despliegue es importante. Lo demás no es sino epifenómeno.
Henri MichauxPintor y poeta francés (1899- 1984)
La vida del hombre entonces se completa.
Bajo esa forma muere.
No le resta pliegue alguno por desplegar.
Raramente muere el hombre conservando algunos pliegues sin desplegar.
Ha ocurrido sin embargo.
Paralelamente a esta operación el hombre forma su carozo.
Las razas inferiores, como la raza blanca, ven más el carozo que el despliegue.
El Mago ve más bien el despliegue.
Sólo el despliegue es importante. Lo demás no es sino epifenómeno.
Henri MichauxPintor y poeta francés (1899- 1984)
Publicado en el excelente blog de Fernando Reberendo, Deleuze http://deleuzefilosofia.blogspot.com/
15.10.10
Girasoles
No le gustaban los arraigos, ni dejar evidencia física; no le interesaba siquiera lo que pudiese ser de nosotros cuando ella no estuviera. Sólo quería disolverse en el río donde anclaban sus mejores recuerdos de niña pobre, cuando no existían ni la esperanza ni la ambición ni el miedo.
Fantaseaba con vivir en hoteles, portando sólo un par de valijas, comer lo que hubiera de menú ese día, compartir ritos de pasaje con los viajeros.Amaba Buenos Aires, aunque la mitad de sus parientes rosarinos se hubieran radicado en Córdoba.
Diestra con las labores, gozaba más el logro una cañería destapada que del bordado bien hecho.
Después de los cincuenta, se encontró con su amado Van Gogh y se lanzó a pintar.
Pobrecito, decía, se amputó la oreja por una mujer.
Lo decía con auténtica pena.
Y plagiaba, con salvaje albedrío, la locura del color en su mundo sin girasoles.
4.10.10
Los ojos de Gyuri
Anoche haciendo zapping encontré una verdadera joya cinematográfica en la tv, creo, pública. en un ciclo que presenta Campanella. Estaba empezada; no obstante, me atrapó de tal modo que no me moví del diván hasta el the end. El primer punto de atracción fue la terrible fuerza de sus imágenes en blanco y negro. Y, particularmente, la de los grandes ojos pardos en un rostro enflaquecido por la degradación y el hambre de ese adolescente de catorce años: Gyuri.
Gyuri es húngaro, judío y como tantos, es trasladado al campo de concentración de Buchenwald, engañado con la promesa de un trabajo en una fábrica, sin saber que ese sería su destino, su sin-destino, o el comienzo de una vida sin retorno a lo que fue.
La peli se llama "Sin destino", es de 2005, la dirigió otro húngaro (Lajos Koltai) y está inspirada en la novela homónima del Nobel de literatura Imre Kertész.
No lo sabía, me enteré hoy navegando por google. Así se entiende el peso que cada palabra tiene en relato en off del joven, algo que por lo que leo dentro de la crítica internáutica, sería uno de los puntos flojos (¿!) del film, porque no es creíble que un adolescente se explaye con tal profundidad y solvencia… lo cierto es que no me importa, en tanto pudo llevarme de la mano –cuando no de las orejas, en ciertos momentos implacables-, con desgarrada poesía, hasta el corazón de ese dolor que produce experiencia, saber, diferencia, una frontera insalvable, ya no sólo en relación con el enemigo, sino con aquellos que quedaron a salvo, de este lado.
Ahí, la incomodidad, la odisea: en la vergüenza de los vecinos, los transeúntes, los pasajeros del tranvía -¡y el inspector lo reprende porque G. no tiene boleto!-, que observa con aprensión a ese muchacho sucio y raquítico, vestido aún con el traje a rayas del presidio en el campo, tratando de llegar a algún lugar, de recuperar el sitio perdido. La odisea es el regreso. Eso dicen los ojos de Gyuri. Cuando G. aborda el camión para volver a Budapest, la cinta abandona el monocromo y asume el color; el contraste subraya el dramatismo de esas vidas que transcurren, definitivamente ajenas.
(Didascalia): Gyuri camina rumbo a un incierto futuro sobre la calle principal de su ciudad, mientras la cámara abre plano y remonta altura.Gyuri es húngaro, judío y como tantos, es trasladado al campo de concentración de Buchenwald, engañado con la promesa de un trabajo en una fábrica, sin saber que ese sería su destino, su sin-destino, o el comienzo de una vida sin retorno a lo que fue.
La peli se llama "Sin destino", es de 2005, la dirigió otro húngaro (Lajos Koltai) y está inspirada en la novela homónima del Nobel de literatura Imre Kertész.
No lo sabía, me enteré hoy navegando por google. Así se entiende el peso que cada palabra tiene en relato en off del joven, algo que por lo que leo dentro de la crítica internáutica, sería uno de los puntos flojos (¿!) del film, porque no es creíble que un adolescente se explaye con tal profundidad y solvencia… lo cierto es que no me importa, en tanto pudo llevarme de la mano –cuando no de las orejas, en ciertos momentos implacables-, con desgarrada poesía, hasta el corazón de ese dolor que produce experiencia, saber, diferencia, una frontera insalvable, ya no sólo en relación con el enemigo, sino con aquellos que quedaron a salvo, de este lado.
Ahí, la incomodidad, la odisea: en la vergüenza de los vecinos, los transeúntes, los pasajeros del tranvía -¡y el inspector lo reprende porque G. no tiene boleto!-, que observa con aprensión a ese muchacho sucio y raquítico, vestido aún con el traje a rayas del presidio en el campo, tratando de llegar a algún lugar, de recuperar el sitio perdido. La odisea es el regreso. Eso dicen los ojos de Gyuri. Cuando G. aborda el camión para volver a Budapest, la cinta abandona el monocromo y asume el color; el contraste subraya el dramatismo de esas vidas que transcurren, definitivamente ajenas.
17.9.10
Los náufragos
Envuelta en una bruma galesa, ella lo mira debatirse. Le sale un resto de la cola de pescado por el borde de la enagua que disimula el cortejo y su recuerdo.
¡No hay futuro aquí! le grita, desde el acantilado.
¡No te empecines! vocifera.
Pero es inútil: por más que abre la boca, a sus palabras se las lleva el viento. Y la tormenta. Y el rugido de las aguas que extraviaron a Ulises.
Deshilacha el vestido y sacude los harapos en señal de rendición. Pero él no advierte sus gestos, está demasiado ocupado en mantenerse a flote en medio de las olas.
Así lo ve llegar exhausto, hasta su mano.
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8.9.10
El nombre del padre
Rodolfo Fogwill, in memoriam (1941 - 2010)
Cuando casi adolescente empecé a escribir, nada casualmente Fogwill se quitó el Rodolfo Enrique y el Quique y pasó a ser, no sé cómo, sólo Fogwill para todos, incluso para mí. Una manera egocéntrica de saber que todo le pertenecía a él. Incluso los Fogwilles de Devon en su sangre y toda raza o estirpe menor que le sucediera. A mí me queda pensar si podré seguir siendo Fogwill, más allá del absurdo título de condesa que heredé. Si debo firmar simplemente así, como hubiese querido él, o debo cambiarme el nombre definitivamente por el seudónimo literario con el que desde hace años escribo.
Ser la hija de Fogwill es como el poema que escribí el otro día sobre Borges que titulé “Las pobres hijas de Borges”, en alusión a lo que no tuvo y a lo que, si hubiera tenido –una hija que escriba–, le habríamos dicho todos: “Pobre hija de...”. Es intentar ser actor siendo hijo de Vittorio Gassman, intentar hacer cine siendo hijo de Ozu, intentar ser meditativo siendo el hijo de Osho, intentar ser persona siendo el hijo de un animal.
4.9.10
"Detesto las grandes certidumbres"
La excelente escritora Luisa Valenzuela -exiliada varios años en Estados Unidos, hija de otra conocida escritora, Luisa Mercedes Levinson, amiga dilecta de Susan Sontag y actualmente radicada en el barrio porteño de Belgrano- fue entrevistada por ADN Nación en ocasión del lanzamiento de su última novela "El Mañana".
Reproduzco los fragmentos de la charla que me parecieron más interesantes (aunque toda la entrevista lo es). Se puede leer completa aquí.
"La mirada de la mujer es interesante porque se produce desde otro lugar. Así como ahora el erotismo en la literatura femenina está aceptado, la cuestión política sigue siendo tomada con pies de plomo. No en el periodismo de investigación, pero sí en la literatura. El periodismo pone las cosas en claro, en cambio, en la literatura se producen aguas mezcladas, medios tonos, insinuaciones de cosas que no son visibles pero están; puede calar más hondo en un sentido más inquietante. Creo que las mujeres trabajan con habilidad esa zona desde hace mucho tiempo: ya está en Virginia Woolf o Clarice Lispector. En el presente también hay escritoras que lo hacen muy bien. Hay algunas narradoras jóvenes que me interesan, como Pola Oloixarac y Samanta Schweblin. También otras mujeres, más grandes, como Susana Romano y Susana Cella, tienen unos libros políticos extraños, que trabajan el lenguaje desde lugares muy particulares, y no se las reconoce mucho.
-La novela comienza con un acto de represión, el encierro de las escritoras, pero nunca queda del todo en claro el motivo de la censura. Se sugiere que las escritoras han descubierto un secreto en el lenguaje, pero ni ellas mismas saben de qué se trata. ¿Por qué decidió mantener oculta la causa de su persecución?-El secreto es uno de los temas que me gusta explorar. Detesto las grandes certidumbres. Sólo quienes quieren tener el poder dicen ser dueños de la verdad. La verdad es multifacética y el hombre no puede conocer todas sus caras. El secreto va mucho más allá, porque se funda en el misterio del lenguaje, del que hablé en mi libro de ensayos Escritura y secreto . El secreto no puede ser develado; una vez que se conoce, deja de existir. Hay otro misterio que se esconde dentro de ése y nunca se llega al origen. Recuerdo que, cuando tenía un taller de escritura en inglés, en Estados Unidos, les señalaba a los alumnos, con una mirada muy latinoamericana, cosas que aparecían en sus relatos. Cuando les mostraba alguna relación oculta entre sus personajes y ellos me preguntaban si debían explicitarla, yo les decía siempre que no. Mi consejo era que lo contornearan y siguieran adelante, porque ellos ya sabían lo que ocurría entre líneas. No hay que matar el secreto porque permite ver por qué surgió eso y cómo se va desarrollando. Pero sólo se logra conservando lo no sabido."
Reproduzco los fragmentos de la charla que me parecieron más interesantes (aunque toda la entrevista lo es). Se puede leer completa aquí.
"La mirada de la mujer es interesante porque se produce desde otro lugar. Así como ahora el erotismo en la literatura femenina está aceptado, la cuestión política sigue siendo tomada con pies de plomo. No en el periodismo de investigación, pero sí en la literatura. El periodismo pone las cosas en claro, en cambio, en la literatura se producen aguas mezcladas, medios tonos, insinuaciones de cosas que no son visibles pero están; puede calar más hondo en un sentido más inquietante. Creo que las mujeres trabajan con habilidad esa zona desde hace mucho tiempo: ya está en Virginia Woolf o Clarice Lispector. En el presente también hay escritoras que lo hacen muy bien. Hay algunas narradoras jóvenes que me interesan, como Pola Oloixarac y Samanta Schweblin. También otras mujeres, más grandes, como Susana Romano y Susana Cella, tienen unos libros políticos extraños, que trabajan el lenguaje desde lugares muy particulares, y no se las reconoce mucho.
-La novela comienza con un acto de represión, el encierro de las escritoras, pero nunca queda del todo en claro el motivo de la censura. Se sugiere que las escritoras han descubierto un secreto en el lenguaje, pero ni ellas mismas saben de qué se trata. ¿Por qué decidió mantener oculta la causa de su persecución?-El secreto es uno de los temas que me gusta explorar. Detesto las grandes certidumbres. Sólo quienes quieren tener el poder dicen ser dueños de la verdad. La verdad es multifacética y el hombre no puede conocer todas sus caras. El secreto va mucho más allá, porque se funda en el misterio del lenguaje, del que hablé en mi libro de ensayos Escritura y secreto . El secreto no puede ser develado; una vez que se conoce, deja de existir. Hay otro misterio que se esconde dentro de ése y nunca se llega al origen. Recuerdo que, cuando tenía un taller de escritura en inglés, en Estados Unidos, les señalaba a los alumnos, con una mirada muy latinoamericana, cosas que aparecían en sus relatos. Cuando les mostraba alguna relación oculta entre sus personajes y ellos me preguntaban si debían explicitarla, yo les decía siempre que no. Mi consejo era que lo contornearan y siguieran adelante, porque ellos ya sabían lo que ocurría entre líneas. No hay que matar el secreto porque permite ver por qué surgió eso y cómo se va desarrollando. Pero sólo se logra conservando lo no sabido."
(La gráfica corresponde a un cuadro del artista Carlos Alonso que ilustró la tapa de una de las ediciones de "Cambio de armas" de L. Valenzuela)
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8.8.10
Cartas
Leo mis cartas familiares con cierto tacto.
Tacto y no recato: leo esas palabras a la luz del día, no las escondo, me las apropio de algún modo. Las toco, las acaricio, las increpo, marco con lápiz en los bordes los pasajes de mayor intensidad. Y sé que la ucronía es sinsentido, pero cómo evitar el "qué hubiera pasado si..." cuando una ya conoce el final. Eso no pasa en las novelas, donde a la hoja de ruta la traza el autor.
Tacto frente a la tinta y el lápiz. Tacto al pasar cada hoja pequeña, alguna más traslúcida que otra y así… un devenir de relato en palimpsesto.
Tacto al cotejar esa memoria escrita con los relatos que me llegaron, desde la tierra lejana de mi infancia. Con las historias que hicieron de mí esta historia que en parte soy. Tacto y no recato y, sí, en cambio, una cierta delicadeza para con esa palabra otra que construye intimidad para un lector fantasma: Ulises in fabula.
Ella le dice a él: para que no olvides tu sitio. Y él le asegura: dondequiera que vaya.
Tacto y no recato: leo esas palabras a la luz del día, no las escondo, me las apropio de algún modo. Las toco, las acaricio, las increpo, marco con lápiz en los bordes los pasajes de mayor intensidad. Y sé que la ucronía es sinsentido, pero cómo evitar el "qué hubiera pasado si..." cuando una ya conoce el final. Eso no pasa en las novelas, donde a la hoja de ruta la traza el autor.
Tacto frente a la tinta y el lápiz. Tacto al pasar cada hoja pequeña, alguna más traslúcida que otra y así… un devenir de relato en palimpsesto.
Tacto al cotejar esa memoria escrita con los relatos que me llegaron, desde la tierra lejana de mi infancia. Con las historias que hicieron de mí esta historia que en parte soy. Tacto y no recato y, sí, en cambio, una cierta delicadeza para con esa palabra otra que construye intimidad para un lector fantasma: Ulises in fabula.
Ella le dice a él: para que no olvides tu sitio. Y él le asegura: dondequiera que vaya.
3.8.10
La pasión según Clarice
Ante la buena nueva del lanzamiento de una edición argentina (y, por tanto, más económica que las onerosas de la española Siruela) de "La pasión según G.H." (Cuenco de Plata) de la prodigiosa Clarice Lispector, rescato este fragmento del artículo de Camila do Valle y Fernando Gebraque que publicó la revista Ñ este fin de semana y que se puede leer completo acá.
"Con Clarice Lispector, al dar vuelta la página, podemos saber que la literatura puede acabar por ser aquella tan famosa experiencia de la escritura como fracaso: por no caber en la realidad circundante, la libertad vuela para ser escrita. Pero puede, también, y mejor aún, ser una invitación a la deriva que el amor, la libertad y lo prohibido proponen. Nunca se sabe dónde desagotar tanta agua viva, sea turbia o cristalina. Dejémonos llevar por su acuoescritura. Es verdad que a veces es necesario estar sola frente a una cucaracha para darnos cuenta de que podemos ser más fuertes de lo que pensamos."
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1.8.10
Mutaciones de la luz
Sobre la superficie lisa y fría, la luz produce una grieta inesperada.
La grieta es una línea plateada que la luz, por alquimia lúdica, hace estremecer. Entonces, el vidrio se vuelve amigable. Hay vidrios con líneas que son pistilos y varas, colores que son pétalos, cruces que son enramadas, círculos que son ojos, encastres que son alas…
Hay rastros de la lluvia y huellas del viento. Hay espejos. Hubo un viaje a la semilla de los ancestros. Hay el árbol como sobreviviente de bosques que ya no están. Hay el árbol; entonces, la semilla, la memoria. Hay grupos de círculos, en los que la artista busca la síntesis de un fluir entre el espacio y la línea.
Hay el agua: lo líquido y misterioso.
Hay lo sólido en mutación.
Hay todo eso y todo lo que veamos allí, todo aquello que esté allí para develarnos. Que alumbre algo más sobre nosotros.
La grieta es una línea plateada que la luz, por alquimia lúdica, hace estremecer. Entonces, el vidrio se vuelve amigable. Hay vidrios con líneas que son pistilos y varas, colores que son pétalos, cruces que son enramadas, círculos que son ojos, encastres que son alas…
Hay rastros de la lluvia y huellas del viento. Hay espejos. Hubo un viaje a la semilla de los ancestros. Hay el árbol como sobreviviente de bosques que ya no están. Hay el árbol; entonces, la semilla, la memoria. Hay grupos de círculos, en los que la artista busca la síntesis de un fluir entre el espacio y la línea.
Hay el agua: lo líquido y misterioso.
Hay lo sólido en mutación.
Hay todo eso y todo lo que veamos allí, todo aquello que esté allí para develarnos. Que alumbre algo más sobre nosotros.
(Fragmento del texto que escribí para la presentación de la muestra Vitrografías, de mi querida amiga la artista Patricia Cárrega.)
11.7.10
Séraphine o el éxtasis
Séraphine montada sobre la rama de un árbol mirando la pradera, de regreso a la pensión miserable donde vive.
La sonrisa de Séraphine.
Las manos regordetas recogiendo flores silvestres para hacer tintas.
Séraphine rezando con los ojos cerrados.
Las manos de Seraphine juntando en un pequeño frasco los aceites de las velas en el altar, para sus óleos.
La sonrisa de Séraphine.
Las manos regordetas recogiendo flores silvestres para hacer tintas.
Séraphine rezando con los ojos cerrados.
Las manos de Seraphine juntando en un pequeño frasco los aceites de las velas en el altar, para sus óleos.
Séraphine tomándose su vino curativo, ese que sólo ella sabe hacer, el vino del consuelo, el elixir de los pobres.
Séraphine guardándose un pedazo de pan seco en el bolsillo del delantal.
Los dedos de Seraphine manchados de los colores que ella misma ha producido con lo que tuviera a su alcance.
Séraphine extendiendo orgullosa uno a uno los billetes con que pagará su primer lienzo al tendero del pueblo.
Séraphine dormida en el piso al lado del cuadro que ha pintado hasta la extenuación.
El vestido de novia de Seraphine.
Su llanto silencioso mirando la pradera tras las rejas.
Su llanto silencioso mirando la pradera tras las rejas.
(Aquí un enlace sobre la película inspirada en su vida.)
9.7.10
Duelar
Escribir el naufragio. Recoger lo que queda. Inventariar las pérdidas con rigor estadístico. Un pedazo de oreja, dos neuronas, una vena, un puñado de nervios, la alergia crónica a ciertos olores del recuerdo.
Hacer cuerpo ese gesto, pero también, hacerse un cuerpo nuevo, afectado.
¿Es posible irse auténticamente de otro modo? Decir auténtico: un irse sin sustitución.
¿Es posible irse auténticamente de otro modo? Decir auténtico: un irse sin sustitución.
Y aun ¿es posible irse de todo lo que fuimos? Acaso no se trate de migrar de un cuerpo a otro, sino de desplazarse por la novedad de un continente nuevo, siguiendo el trazado que nuestras pasiones dictan a los sucesivos cuerpos del existir: fisiología, dietética, erótica.
Y aun ¿será posible existir sobreponiéndonos?
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3.6.10
Bailarines
La niña camina por los bordes de la fuente, con pasos de equilibrista.
De noche se encienden las luces y activan las aguas danzantes. En el centro hay una pareja de bailarines. Él, hincado, recibe a su Odette en puntas de pie. La escultura detiene el acontecimiento de sus muertes prematuras.
La madre le ha contado muchas veces la tragedia de los bailarines del Colón, cuando el avión que los traía de Uruguay se precipitó sobre el Río de la Plata.
La niña corre por el interior de la fuente sin imaginar lo que ese río turbio aun puede engullir.
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30.5.10
22.5.10
20.5.10
Un festín de arte y poesía
Desde el 20 al 25 de mayo, se oirá el canto del IV Festival de Poesía: Palabra en el mundo. Del que participarán 28 países, en 322 ciudades, con más de 550 acciones poéticas. Con propuestas de las más variadas para el acompañamiento poético, desde música, fotografía, sabores, exposiciones, lecturas, que se pueden desarrollar en la calle, en la escuelas, la universidades, teatros, en los medios de comunicación, bibliotecas, centros culturales o donde la imaginación lo aconseje, las formas pueden ser múltiples. Sin límites, invita a participar rescatando la pluralidad, en la alegría de construir entre todos una casa universal para todos. (fragmento de presentación de Benita Cuellar, una de las impulsoras del festival y de las poetas convocadas, entre las que tuve la alegría de ser incluida).
Para seguir de cerca las creaciones (imágenes, videos, poesías) hacer click acá.
12.5.10
Tecnologías del yo
En el tiempo de los griegos se amaba y se moría trágicamente. Quienes podían hacerlo, que no todos. El mar era el desierto. Y Ulises podía ser cualquier guerrero. Penélope, en cambio, se inventó a sí misma. Su imagen en la trama destejida y vuelta a tejer. Los pretendientes andaban desorientados. Hoy le llamaríamos a ese trabajo, virtuoso y paciente, selfiction. Una grosa Penélope.
8.5.10
30.4.10
El hogar elegido
Durante mucho tiempo creí que el destino se iba trazando por conspiraciones de efectos transformados en causas. Que lo fortuito era comprender que nada era fortuito. Y que no había pasaje sino de ida hacia la aventura de esa comprensión intransferible.
Lo que en principio podía tratarse de una confianza metafísica, por así llamarla, -y, por cierto, tranquilizadora- , se transformó en un ejercicio de atención aplicado a la lógica intrínseca que los eventos iban revelando a medida que se manifestaban. El pensamiento de Deleuze fue iluminador en ese y otros sentidos, al desechar la idea de trascendencia a favor de la de inmanencia.
La experiencia es todo. Por empezar, un trabajo. O una faena, mejor, si consideramos el gasto corporal que demanda la producción de la vida: sangre, sudor y lágrimas.
Un compromiso de los sentidos que produce afectos, siguiendo a Spinoza y, en sus derivas, un hacer (poiesis) y una política. Un ethos (hogar) donde hacen cimiento nuestras acciones individuales. Y nuestra propia libertad, en la encrucijada de los planos múltiples del estar siendo.
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