27.2.10

La danza inmóvil

Edvard Munch: Pubertad

¿Qué ve cuando mira? ¿Acaso al camafeo que nunca le dará sitio? ¿O, entre las manos que la pintan, su propia soledad, la de su ausencia? ¿Qué miro en ella? ¿El cuerpo-fetiche para un arte sin nombre? ¿Qué ve de sí en los míos? ¿Podría verme? Y aun pudiendo ¿a quién vería de mí?

18.2.10

Clarice según Tomás


Una de las últimas columnas del maestro, fallecido el 31 de enero de este año, publicada en el diario La Nación.

Clarice Lispector, el sol oscuro del Brasil

Por Tomás Eloy Martinez.

Hace poco más de medio siglo la fuerza de transformación de la literatura de América latina asombraba a los países centrales, que habían alcanzado la modernidad gracias al desarrollo de sus industrias, a sus hallazgos tecnológicos, sus redes de comunicación, sus trenes y sus aviones. Pero su lenguaje y su capacidad de narrar la sociedad estaban apergaminados, cansados, y suplían la falta de sangre e ideas nuevas con juegos teóricos que no llevaban a ninguna parte. En América Latina, el afán de crear ese mundo nuevo que expresaba la revolución cubana parecía haberse concentrado en la literatura.

Mientras, los países del Río de La Plata, México y Colombia respiraban a pleno pulmón los nuevos aires, Brasil, el gigante, se mantenía impermeable a todo lo que no viniera de sí mismo. Brasil cambiaba de piel, pero se alimentaba de su propia música y de su propia herencia literaria. Cierta vez le preguntaron a Joao Gilberto por qué daba tan pocos recitales en el extranjero, donde su música tenía un éxito clamoroso. "¿Para qué?" respondió. "En Brasil mi público es tan numeroso como en el resto del mundo y además me escuchan con mayor felicidad".

A mediados del siglo XX, el gran nombre de la literatura brasileña seguía siendo el de Joaquim María Machado de Assis (1839-1908), quien escribió una sucesión de obras maestras mediante el simple recurso de observar atentamente el paisaje interior de los pensamientos y los sentimientos para contarlos de una manera inusual, inesperada. Uno de sus mayores herederos es Joao Guimaraes Rosa, quien impresiona más que nada por su virtuosismo verbal y el oído finísimo con que capta la música de las voces del sertón, en el nordeste profundo de su gigantesco país.

Sin embargo, la única hija directa y legítima de Machado de Assis es Clarice Lispector, cuya obra misteriosa empieza a difundirse en los Estados Unidos con tanto ímpetu como la de Roberto Bolaño. Al chileno lo consagró el semanario The New Yorker, a Lispector le rinde tributo el influyente The New York Review of Books con un ensayo extenso de Lorrie Moore, la joven diosa del minimalismo.

Moore advierte que la magnética fama de Lispector se debe en parte a los estudios sobre su obra reunidos por Hélène Cixous, a quien las universidades francesas deben el apogeo de los estudios sobre la mujer. En Francia, recuerda Cixous, la exquisita abstracción de la prosa de Lispector hacía que la vieran como un filósofo. Cuando asistió a un encuentro de teóricos sobre su obra, abandonó la sala en la mitad del homenaje diciendo que no entendía una sola palabra de esa jerga.

Una de las primeras veces que se oyó hablar en Buenos Aires de Lispector fue a fines de los años 70, cuando circuló la leyenda de que se había quemado viva en su casa de Río de Janeiro.

En 1969 ya el mítico editor argentino Paco Porrúa había publicado en la editorial Sudamericana algunos de sus libros: las novelas La manzana en la oscuridad, La pasión según GH y Un aprendizaje o el libro de los placeres, así como los admirables cuentos de Lazos de familia. Lispector rompía con todas las convenciones del arte de narrar y arrancaba de cada palabra un temblor secreto, enigmático. Sus revelaciones eran como las de un teólogo oriental bailando una danza ritual africana.

Cuando la leímos, deslumbrados, en el semanario Primera Plana, pensamos que era imperioso viajar a Río de Janeiro para descifrar sus secretos. Sara Porrúa, quien entonces era la mujer de Paco, quiso ser la adelantada en esa búsqueda.

Las primeras noticias que envió disipaban la fábula de Lispector quemada viva. Su cama se había incendiado accidentalmente cuando se quedó dormida con un cigarrillo encendido. Pero la habían rescatado a tiempo. Su extraña belleza tártara (los ojos almendrados y rasgados, los pómulos salientes, la constante expresión de angustia de su cara) se le había marchitado cuando ardió el lado derecho del cuerpo, inmovilizándole el brazo. Nada, sin embargo, apagaba su pasión por narrar el mundo.

Sara la vio un par de veces más, y con su imagen intensa, inolvidable, se perdió en las selvas de Guatemala y se convirtió en personaje de Cortázar.

Dar una idea de su imaginación solo es posible a través de un par de citas. El comienzo de la novela Un aprendizaje (1969) es una frase que viene de la nada. La puerta de entrada de esa novela es una coma: ", estando tan ocupada, había venido de las compras de casa que la sirvienta hiciera a las corridas porque cada vez trabajaba menos aunque solo viniera para dejar almuerzo y cena listos ...".

Antes de ese comentario doméstico y trivial, Lispector ha sorprendido al lector con una advertencia que es también una afirmación de su ser: "Este libro se pidió una libertad mayor que tuve miedo de dar. Está muy por encima de mí. Humildemente intenté escribirlo. Yo soy más fuerte que yo. C.L."

Y hacia el final de Agua Viva, alza la voz: "No voy a morir, ¿escuchaste, Dios? No tengo coraje, ¿oíste? No me mates, ¿oíste? Porque es una infamia nacer para morir no se sabe cuándo ni dónde. Voy a ponerme muy alegre, ¿escuchaste? Como respuesta, como insulto".

Su desmesurado desafío a la muerte impregna muchas de las crónicas reunidas en Revelación del mundo, que incluye todas las que escribió para el Jornal do Brasil entre 1967 y 1973. Otras, inéditas, se publicarán el año próximo en español bajo el título de Descubrimientos.

Lispector continúa siendo un enigma sin descubrir que asombra en cada frase, en cada desvío de la vida. Murió a los 57 años de un cáncer de ovarios, después de haber pasado los últimos años encerrada en la soledad de su casa de Leme, cerca de las arenas de Copacabana.

Su autorretrato cabe en una frase. "Mirarse en el espejo y decirse deslumbrada: Qué misteriosa soy".

Tomás Eloy Martínez es el autor de "La novela de Perón", de "Santa Evita", de "El vuelo de la Reina", que ganó en España el premio Alfaguara de Novela, de "El cantor de tango" y de "Purgatorio". Sus libros se han traducido a más de 30 idiomas. Es director del programa de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Rutgers y realiza viajes frecuentes como escritor y periodista © Distribuido por The New York Times Syndicate

13.2.10

Anárquicos y solidarios


En Uruguay, cerca de Puerto Valizas, existe un pequeño paraíso llamado Monte de los Ombúes, donde esta especie prototípica de nuestras pampas, lejos de habitar en soledad, nace, crece y evoluciona en hermandad con sus congéneres. Los hay de todo tipo y formato. Un cineasta como José Luis Cuerda, gran amante de los bosques y sus misterios, adoptaría este sitio como escenografía de sus historias.
Coronillas, canelones y talas trepadoras se enroscan en los troncos y ramas inmensas de los ombúes para protegerlos con sus espinas del asedio del ganado.
El vínculo entre ambos no es parasitario: unos se ofrecen de guardianes a cambio de encontrar una guía para su desarrollo. Es decir: cada especie se nutre por sí misma y dispone sus talentos en complementariedad con las demás.
Los ombúes son anárquicos por sí mismos: no hay dos iguales y crecen según su propio ritmo.
Tampoco se puede detectar su edad a partir de señales en su morfología. El cálculo siempre es aproximado y se obtiene de la antigüedad de las especies protectoras y del "acta de merced" de las tierras donde han sido plantados. Los más longevos de este pequeño paraíso uruguayo llegan a los 600 años.
Los que caen fulminados por un rayo o por exceso de agua, dejan el claro necesario para que la luz facilite la aparición de nuevos brotes. A menudo éstos crecen desde las mismas raíces del árbol caído.

14.1.10

Papito y yo


ACTITUD CARIBE
Sexy, caliente, pegadizo… se dice de este ritmo que agita multitudes de la cintura para abajo, con su sonoridad tribalística.
Vamos alegres y dispuestas a bailar, como se pueda, la adulta y la niña, una noche del invierno cordobés, hasta el Orfeo. La adulta es fan recién estrenada de los puertorriqueños Calle 13. La niña, hija de músico y periodista, ya los conoce, y también a Don Omar y, claro, a Daddy “Papito” Yankee.La adulta anda rastreando otras músicas que contengan la crispación del rap en clave latina. Que escenifiquen la contaminación de lenguas, porque el mundo, especialmente el de este lado del Atlántico, hace rato que dejó de ser monolingüe.
La adulta acaba de descubrir mucha de esa crispación y mezcla en la novela del dominicano Junot Díaz, La maravillosa vida breve de Oscar Wao, que cuenta la vida nada maravillosa de su pueblo, en tiempos del dictador Trujillo.
La niña, llamada Azul aunque vestida de fucsia para el recital, sabe perfectamente lo que va a ver y, cual Virgilio, conduce de la mano a la adulta entre mul-ti-tu-des de adolescentes y de niñitos con sus madres. Pululan los barbijos y una copiosa lluvia de papel picado nos sorprende cuando aparece él, con sus pulseras y collares de oro, su campera de cuero, sus lentes oscuros, su ritmo infernal.
Tres parejas perrean sobre el escenario mientras Papito se desplaza de una punta a otra y las luces y las cámaras lo siguen, y quienes estamos lejos y no llevamos largavistas -¡qué antigüedad!- vemos sus réplicas en pantalla gigante. Y todo: la potencia, la vibración, nosotras apretujadas y sudorosas, los celulares-luciérnagas en el momento mágico de un Orfeo completamente a oscuras, sentimos por un momento que algo de ese Caribe que se toma revancha está ahí, aunque Papito sea Yankee y porte cadenas de oro y a los de Calle, con razón, no les guste ni medio la frivolidad de sus letras.
Ahí: en esa fiebre del cuerpo que vuelve a conmovernos.

(Columna mía publicada en el Anuario 2009 de La Voz del Interior, el 12 de diciembre de 2009).

4.1.10

Un poema...


... de Teresa Arijón. Lo saqué de acá.

gary snyder

Rastro de conejos,
rastro de ciervos, ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos en la noche helada,
........bajo los pinos,
recitando el poema de Leopardi
con memoria vaga, viendo
las estrellas limpísimas que acaso
anuncian la aurora boreal?
Rastro de osos,
rastro de linces, ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos cuando la nieve quieta cubre los vidrios
y sólo se oye el sonido del cielo, afuera, lejos?
Rastro de alces,
rastro de nutrias, ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos a la mañana siguiente, en cuclillas,
contemplando el lago donde el zorro se mojó la cola
sólo para demostrarnos que hay cierta verdad
en las palabras?

(de Poemas y animales sueltos. Buenos Aires, pato-en-la-cara, 2005)

30.12.09

Farewell 2009


Como en botica, trajo de todo este fin de año.
Un querido amigo peleando por su vida contra un cáncer.
Una sobrina despidiendo su adolescencia para entrar el próximo año a la universidad.
Una amiga recibiéndose de abuela por quinta vez.
Otra amiga en viaje a Río de Janeiro, donde planea recibir el 2010 vestida de blanco y bailando en la playa.
Un cumpleaños.
Una asamblea de consorcio reñida y frustrante.
Un mediodía brindando con uno de mis libreros preferidos y una noche con otro de mis libreros preferidos.
Una nochebuena junto a mi pareja y su familia, a la que siento mía, con champán y pavo relleno y pan dulce y regalos.
Un recuerdo para mi madre en el día de su cumpleaños junto a mis hermanos, un año después de su partida.
La despedida de una amiga que se jubila en el laburo que compartimos los últimos 20 años.
Un día de cine, juegos, McDonalds y merienda con un niño que ya me llega al hombro y al que también siento mío.
Un mensaje de salutación con mis deseos personales y colectivos.
Un ritual.

22.12.09

Un cuento de Navidad

Para los descendientes del Mayflower, los cuentos de navidad son, más que una tradición, un verdadero género literario. Fábula moral y a la vez, historia de redención: hasta el malo más malo puede salvarse del infierno si visualiza, comprende y se arrepiente de sus villanías.
Paul Auster escribió el suyo y, quizás, en el acto de escribirlo haya encontrado, si no su redención, al menos una comprensión de la naturaleza insospechada de las relaciones humanas.
Entonces, ahí van, el cuento y la escena de la película que lo recreó.
Felices Fiestas.


EL CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN
Paul AusterLe oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad ?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.
No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

“Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
“—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
“Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
“—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
“Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
“Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
“—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
“No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

“No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.
“Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
“—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

“Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haver mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

“Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

“No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente había muerto.
—Sí, probablemente.
—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—. Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

13.12.09

Migrantes


El jueves a la noche nos reunimos en casa con un grupo de amigos para contarnos nuestros relatos familiares de inmigrantes.
Hubo carne mechada, cena con champán, ensaladas y delicatessen varios, postre de frutos rojos variados con crema americana a elección y un bello ramo de rosas que una de las invitadas obsequió a la anfitriona.
La sobremesa se prolongó hasta cerca de las cuatro de la mañana.
Llovió suavemente en algunos momentos y, pese al concierto de voces, la paloma que anida en mi balcón no se inmutó.
Ni que hubiera sabido que aquello de que hablamos también toca de cerca su propio destino migratorio.
Antepasados irlandeses huyendo del "mal de la papa"; antepasados gallegos, anclados a orillas del Paraná; antepasados vascos que conservan intactas sus moradas medievales y el corazón hospitalario a sus descendientes; antepasados cubanos entre la revolución y la diáspora...
Que migrar no se trata sólo de tragedia. Que se trata también de una elección. Que podría ser, incluso, una vocación. Que algunos nacieron para ser nómades, o que aprendieron a elegir ese destino que se escabulle de las fijezas. Que algunos se acuerdan poco, porque en la familia no se hablaba de las heridas. Que para otros somos las heridas, las fugas, las búsquedas, las raíces y las transgresiones.
Que somos esos relatos de dolor y aventura; de rebeldía y pertenencia.
Que somos los que van, los que vienen, los que eligieron quedarse y que, aun así, siempre se están yendo de algún modo.
Eso, y mucho más.
Migrantes.

10.12.09

Para esperar el 2010


Un amigo me contó su plan de operaciones para recibir al 2010, en su vivienda serrana.
A las 8, darle de comer a los perros.
A las 9, ubicar sobre la mesa rústica del comedor un solo plato con alguna porción de asado frío, el pan calentito, unas verduras y el pimentero cogotudo para sazonar.
Indispensable, la copa de vino negro que llenará varias veces.
A las 11, las migas serán el rastro del festín silencioso.
Paso siguiente: arrastrar el sillón hasta la galería sin olvidar la copa, que ha de seguir fiel al tinto, ni el porro de ocasión.
Después será el brindis sin palabras mirando las conflagraciones del cielo a lo lejos.
Ceremonias.

4.12.09

Cada vez que perdemos


Del otro lado hay otro lado que me escribe las historias de los que van
del fin al cabo de una patria
sin retorno
aun mundo por venir
¡remad! me escribe al dorso de la lengua madre
pues sediento es el que huye adonde el faro salpica
intermitencias


del otro lado la sed es nuestra guía su majestad
lezama
cada vez que flaqueamos cada vez que
perdemos el rumbo de la seda que
perdemos cada vez.

30.11.09

Y llovieron banderas...

Aún en medio de nubarrones, Latinoamérica se pronuncia...

Los uruguayos festejaron ayer el triunfo electoral del candidato presidencial del Frente Amplio, José Mujica. "El poder está en el corazón de las grandes masas", fueron sus palabras, al despedirse de la muchedumbre que lo vitoreaba cuando los resultados ya eran indudables.
¿Qué diría Francis Fukuyama de todo esto?

24.11.09

La voz de la sangre


Tabita Peralta Lugones nació en Buenos Aires, tiene sesenta años y, desde los 21, vive entre Barcelona y París. Parió cinco hijos, escribió libros de gastronomía, dirigió revistas eróticas, tradujo más de cien libros, fue ghost writer durante los años del franquismo. Y después de andar por las orillas de los textos, como tanteando la temperatura del agua antes de sumergirse, escribió Retrato de familia (Emecé, 2009), su propia memoria íntima de la saga familiar y trágica a la que pertenece. Y vaya si se lanzó a las aguas profundas y negras de la novela-río que anudan el Delta y el Río de la Plata, las letras y la política del siglo 20 argentino.

En este relato teatralizado, confrontan las voces de la Protagonista (la escritura) y la Mujer (la Hija); la abuela y su segundo marido; Ale, el hermano, suicidado a los 21 años en la misma isla del Tigre donde su celebérrimo pariente se tomó el veneno; el Padre y Marie, la amiga. Pero, por sobre todos ellos, como el espectro hamletiano, está la Madre: Susana “Pirí” Lugones. Y es con su omnipresencia que Tabita libra su verdadero duelo, con toda la ambivalente riqueza que entraña ese concepto. Duelo que es dolor y combate. Y que siempre es combate entre dos.

A la historia de los Lugones la han contado, entre otros, Marta Merkin (Los Lugones, una tragedia argentina), Eduardo Muslip (Fondo negro), Analía García y Marcela Fernandez Vidal (Pirí) y la cineasta Paula Hernández (Familia Lugones). La insinuaron Ricardo Piglia (La ciudad ausente); Andrés Rivera (El verdugo en el umbral) y David Viñas (Literatura argentina y política: De Lugones a Walsh). La protagonizan los dos Leopoldos: el poeta nacional, celebrante de la hora de la espada y suicida; su hijo el comisario torturador y suicida y Pirí, la hija del comisario, intelectual, montonera y asesinada en la Esma. Hay muchas figuras secundarias a esta trama, hoy nombres conocidos en el campo cultural y político, que cruzaron sus vidas con “ese apellido turbador”, citando la expresión de Viñas. Uno de ellos es Rodolfo Walsh, pareja de Pirí durante varios años y mentor de su militancia política.

Atenta a su linaje literario -¿la única fidelidad posible?-, una mujer recuerda, mientras degusta vinos exquisitos, prepara algún plato de pescado, imagina -¿sobrevive?- la vejez por venir. Escribe: un retrato que no es, una novela que parece un drama sin serlo. Su poética se inscribe en la encrucijada de los géneros: “trato de recordar esquirlas de palabras. Intento el recuerdo de los espejos”. Escribe para recordar; porque recuerda, “esta novela, mi primer libro de verdad”: literatura de verdad.

Publicado en Vos de La Voz, 26-11-09.

21.11.09

Noviembre



A veces atrapamos los ojos frágiles de nuestros hijos.

Hogar de naipes que construimos
con paciencia de caracol.

Vela el placard la enagua de la madre.

La noche es sin caricias.

20.11.09

Nómades y sedentarios

Caín y Abel
Por Sandra Russo.
Se comenta por ahí que Abel era nómade y Caín, sedentario. Y hay hasta quien dice que la historia de la humanidad puede leerse en función de la oposición, el rechazo, la necesidad de expulsión que sienten los sedentarios por los nómades.
Abel era pastor y Caín, labrador. Uno deambulaba junto a su rebaño de acuerdo con el clima y con el estado de la tierra. No estaba atado a un lugar sino a un estado de cosas: iba tras él, en un continuo microclima que creaba su propio desplazamiento. El otro echaba raíces, se definía a sí mismo como parte de un solo paisaje, le ponía nombre a su lugar de origen, creaba una bandera, componía un himno, y reglamentaba las condiciones en las que los extranjeros podían atravesar su territorio.
El primer crimen de la historia occidental permitió corporizar ese duelo simbólico entre los que migran y los que se afincan. Es que, si se lo piensa un poco, son dos maneras radicalmente opuestas de estar en el mundo.
En El rey de los alisos, Michel Tournier sugiere que “la querella entre Caín y Abel prosigue generación tras generación, desde el principio de los tiempos hasta nuestros días, como la atávica oposición entre nómades y sedentarios o, más exactamente, como la encarnizada persecución de que son víctimas los nómades por parte de los sedentarios”. Tournier dice que un ejemplo, un remedo desdibujado pero descendiente de aquella lucha, son los carteles que rezan, al lado de cada entrada a los pueblos, “prohibido acampar”.
Se prohíbe, según ese cartel, establecer un campamento, un estilo de vida precario en el que es imposible aplicar el concepto de propiedad privada, toda vez que la propiedad privada es un invento de los sedentarios. El nómade no tiene nada porque no le interesa apropiarse de la tierra ni llenarla con objetos de valor. El nómade no es dueño de nada. Cuanto menos tenga, más fácil será su traslado hacia otro lugar cuando el clima cambie. Mientras el nómade traza sus propios valores en virtud de su modo de vida, y se distrae viajando, el sedentario se distrae primero declarándole la guerra al nómade y más tarde haciendo leyes para perseguir las inmigraciones ilegales.
Caín, por su crimen, fue condenado por su Padre a vivir el destino de su hermano. “Ahora –dijo el Eterno– serás maldito en la tierra que abrió la boca para recibir la sangre de tu hermano. Cuando la cultives ya no dará sus frutos, y andarás por ella errante y fugitivo.” Un castigo, se ve, de múltiples lecturas psicológicas, políticas, antropológicas. Un primer daño al medio ambiente causado por Dios en persona, no sólo para advertirle al ser humano que no se debe matar, y mucho menos al hermano, sino además para inaugurar oficialmente la necesidad de huir. Cuando la tierra no dé más frutos, Caín deberá abandonarla si quiere sobrevivir. Esa insistencia divina en la existencia de nómades nos dice, seguramente, que los nómades son inevitables.
A partir de estas reflexiones, dos propuestas para pensar en esto.
La primera, que la lucha entre nómades y sedentarios se puede observar perfectamente hoy, tanto en la xenofobia europea como en el muro entre Estados Unidos y México, como en la explotación, en los países periféricos, de los trabajadores golondrina o los esclavos textiles. Los sedentarios sólo dan a los nómades el permiso de paso cuando pueden usarlos o bien para hacer rendir los frutos de la tierra, o bien para acumular más propiedad privada.
La segunda, la posibilidad de que en cada uno de nosotros esas dos partes estén presentes. Un yo nómade y un yo sedentario en constante puja y persecución. Un impulso hacia el traslado y un impulso hacia la raíz. ¿Cómo resolver en cada espíritu esa ecuación entre dos necesidades tan vitales? Lo retentivo y lo expulsivo pueden leerse en esta clave. Se pueden adivinar también, en esa misma escena, millones de fracasos afectivos entre quienes intentan vivir bajo contratos fijos, estables y rígidos, tan tranquilizadores como alienados, y quienes son nómades en sus sentimientos, y se trasladan de amorío en amorío buscando un clima que les guste. En todo caso, la idea ilumina una tensión de la que todos sabemos, por la que todos hemos pasado y seguiremos pasando.
En El rey de los alisos la lucha no se describe con distancia ni ánimo contemporizador. El autor toma partido decidido y de alguna manera insinúa lo ilusorio de esa lucha. No se puede no ser nómade.
Con prosa arrasadora, Tournier susurra y vaticina una lluvia de fuego sobre los sedentarios, “que serán arrojados en confuso montón a los caminos, y huirán enloquecidos de sus ciudades malditas y de la tierra que se niega a alimentarlos. Y yo, Abel, el único sonriente y saciado, desplegaré las grandes alas que escondo bajo la ropa de mecánico, golpearé con el pie los cráneos ennegrecidos, y alzaré vuelo hacia las estrellas”.
(Al artículo lo saqué de acá, en el sitio de Sandra Russo).

9.11.09

Irrelevant



Había, por cierto, en el papel, un blanco.
El principio era el caos: no en sentido temporal, sino en tanto método.
Escucho: sobre y de Cage, una definición de las atribuciones del "ritmo": algo no organizado, no repetitivo. Algo que sucede, inesperado, "irrelevant".
Se trata de vivir conforme a Kayrós, escucho decir, o creo: y apunto, obediente.
Entonces vuelvo: el principio era el caos, un silencio y aún, por ello mismo, un pleno de expectación.
No un blanco puro pues sino en grado cero su consecuente finitud, que grita, demasiado, su demanda de organización.
Asi como la desnudez revela menos que el atuendo; o el rostro menos que la máscara. Así, el silencio atruena en sus posibilidades.
Y antes del signo, la mancha, la incisión, el trazo, el lugar pregnante de lo informe.
Bacon creaba desde la mancha hacia un devenir figura que resultaba ser una (otra) mancha. En rigor de verdad: una de-formidad.
Kairós en la encrucijada de cuerpos que chocan.
No hay poiesis sin caos. Ni política: finalmente, fuera de Kayrós.

26.10.09

Gravitaciones

Elogio del agua, gravitación de Eduardo Chillida.

Tal parece que se hace con lo que nos queda, y no con lo que tenemos. Vacíos / llenos.
Es una pregunta. No sé.
Obvio que no se lleva bien con una lógica de los objetivos, del tener, esta otra que opera desde el hueco, el cuenco, el pliegue.
Desde los sucesivos duelos, los vacíos e incluso las ilusiones, productoras de llenos, que también provienen de los vacíos, desde ahí, algo: acaso un lenguaje.
He escuchado la explicación sobre la dialéctica lleno / vacío de la lógica Chillida: del blanco y negro en sus dibujos y collages como colores donde se conjuga la vida en su absolutismo.
(Él escribió: "Probablemente con el blanco y el negro se produce, a mi juicio, la dialéctica más poderosa y elemental en el sentido de que todo lo decisivo se puede decir sólo con estos dos colores o valores extremos").
En particular, los grabados: aguafuertes y litografìas, muestran el esfuerzo del artista por lograr la plenitud del negro, insistiendo en la corrosión del ácido sobre la plancha de metal, una y otra vez, hasta (casi) lograrlo.
Y están sus gravitaciones, inspiradas en la música de Bach, uniendo varios planos de papel mediante hilos, para que entre ellos circulara el aire.
La superposición natural, suspendida, de los varios aspectos de la multiplicidad.
Mille plateaux...
(A propósito de la exposición de obras de Eduardo Chillida y el ciclo "La poética del papel", organizado conjuntamente por el Centro Cultural España Córdoba y el Museo Eva Perón, ex Palacio Ferreyra).

10.10.09

Venecia


Ésta es la escena que ve cuando llega de noche a la ciudad: un paisaje meciéndose taciturno, despojado de góndolas y de palomas. Ésta es la imagen que no esperaba ver: la estación ferroviaria, oscura y maloliente a orines, como cualquier estación ferroviaria de un país del tercer mundo. La seguirá buscando por las calles laberínticas, en el reflejo de las aguas podridas, en las mazmorras del palacio Ducale, en los puentes, en las guías Michelin. En los vientos que exhalan los clarines de la guardia en la piazza. Todo lo que logra su afán por esos días es que ella le muestre la punta dorada del zapato. Sólo en sueños puede ver su hermoso cuerpo desmayado de amor, entre los brazos de la muerte.

Una manera de mirar es una manera de amar, un modo artístico del sufrimiento ante la naturaleza esquiva del objeto deseado. Iniciación al amor que es el principio de toda cultura: construir objetos-fetiches que evoquen esa imposibilidad. Manera Brodsky de no rendirse al primer fallo, de regresar, de obstinarse en producir allí palabras para nombrar la ausencia. Allí quiere decir puertas adentro: ser un personaje de la obra que se hace sola. Puede ser un cuadro, una comedia de enredos, una nouvelle. No un poema, no.

Una manera del amor cautivo le depara Venecia: no permitirse la omnisciencia, bajo ningún punto de vista.

De Libro de ojos (Alción, 2006)

30.9.09

Jirones



Me entero el viernes de la muerte de una tía muy querida. Anciana ya, pero de esas personas que parecen inalterables, que siempre permanecerán idénticas a sí mismas. Idéntica con ochenta y largos a la tía que armaba las empanadas en mis recuerdos de niñez. Arruga más, arruga menos: varias menos, pues se había operado para disimular "las patitas", y siempre se maquillaba y andaba perfumada. Ella decía que no le gustaba "tener una cara triste". Que eso era envejecer.
Vivía sola, seis años después de enviudar de su segundo esposo, a quien había rescatado del alcoholismo -tras una primera viudez de un adicto irrescatable. Su casa de dos plantas, cerca de Tanti, parecía un vivero, era muy colorida, ordenada y limpia hasta la exasperación, con muchos adornos medio kitsch y un par de gatos díscolos. En la heladera siempre había comida a medio preparar "por si acaso viene gente"; ella había sido cocinera de Segba hasta que se jubiló. Nos encantaba hablar de recetas. En nuestras últimas charlas telefónicas hablábamos del amor (de hombres, de heridas, de deseos cumplidos y no).
Bueno, hay mucha historia, de ella, de ellos, de nosotros ligados a ellos, y no sé si quiero contarla, tipo obituario. Yo ya no sé si puedo escribir así. No me interesa.
Sólo rescatar estos jirones, precisamente, porque la sensación es que te arrancan un pedazo de esa casa de dos plantas a la que ya no se puede volver, llena de jardines, de chamamé y de valcesitos con guitarra criolla; como tampoco ya no se puede volver a la casa de los viejos, y sí, una vez más: que hay que aprender a despedirse. Que duele igual, serenamente (ella murió preparando el locro para recibir a sus amigos en el festejo de su cumpleaños ¿habrá una muerte más poética?) pero algo de ese lazo imantador se rompe; lo que duele es eso, ese tirón y el jirón de piel que arranca. Ellos eran de los que ligaban, sin que se note. Eran amorosos de verdad, de verdad.
Yo no soy familiera en un sentido cristiano; no me gustan los manejos culpógenos y culposos, las deudas y exclusiones, los tan mentados mandatos, que normalmente mantiene unidos a unos contra otros, con sus soberanías chotas. Por suerte existen excepciones como éstas y algunas más, que me hacen sentir parte de algo, de una historia, de venir de algún lado y de algunas gentes con don de gentes.

Mi sentido de la familia, el que me gusta, el que elijo (con los precios que se paga por esa elección), se liga al de comunidad; es más bien político y está construido a partir de códigos y afinidades sensibles, de respetos, de libertad.
A cierta altura de la vida, me parece que la familia empieza a ser una trama de relatos.
Y un álbum.
De todas las que recuerdo, me quedo con una foto: la de la risa de esos dos, el día de su casamiento, 40 años después de vivir juntos, con fiesta, torta con cintitas, ramo de novia y orquesta... (los casó el intendente, que adoraba a mi tío, igual que casi todos los que conocían al único peronista de la familia) bailando unos tangazos, emperifollados y felices.
La muerte empieza sucederme cerca. Y se lleva a mis mejores.

Fucking death.

20.9.09

El mundo que no vemos (y Corinne sí)

Un ‘no’ que mata a gente que no sale en la televisión

(del excelente blog En boca del lobo, del periodista y corresponsal de guerra venezolano-español Ramón Lobo. Gracias a Andrés Acha por dármelo a conocer).

Una mañana de enero de 1999, una excelente fotógrafa de una gran agencia internacional de prensa, y que por entonces tenía su base en Nairobi, telefoneó a su jefe en Londres. “Hay que ir a Sierra Leona”. Se había incendiado aquel país gemelo en historia y tragedias de Liberia situado al otro lado del continente. Una guerrilla cruel compuesta en parte por niños que cortaban manos había tomado dos tercios de la capital, Freetown, derrotando a los indisciplinados, corruptos y poco efectivos soldados nigerianos de la misión de paz regional (Ecomog).

Un equipo de la agencia rival había enviado un material terrorífico y de primera clase sobre aquella guerra: cuerpos hinchados por el sol y abandonados en la calle, buitres devorando las entrañas y, sobre todo, mucha desolación. El equipo de la agencia rival fue tiroteado a los pocos días. Murió el productor Miles Tierney, resultó herido de gravedad Ian Steward y el fotógrafo David Guttenfelder. Cuando matan a periodistas en una guerra olvidada muchos otros periodistas pierden interés. No fue el caso de Corinne Dufka, quien peleó duro por ir al centro de la noticia. Su jefe en Londres, tal vez sentado en un despacho de la agencia Reuters con una jarra de pésimo café inglés hirviendo a la mano, respondió: No interesa.

Esta negativa automática, y muy poco periodística, condenó a cientos de miles de personas a la invisibilidad informativa. Cerca de 7.000 seres humanos murieron en Freetown en tres semanas (un número muy elevado si tenemos en cuenta que 10.000 fueron los muertos durante tres años y medio del cerco criminal en Sarajevo) sin ocupar un lugar en los titulares de unas noticias internacionales que se nutrían sólo del morbo y el espectáculo de la mancha que le había salido al vestido de Monica Lewinsky.

A veces se nos olvida que el cáncer viene de lejos, que los síntomas del deterioro ya estaban allí. Si Dufka hubiese acudido a esa guerra, habría fotografiado con valor y calidad (como hizo en Centroamérica, Bosnia-Herzegovina y África) lo que sucedía debajo del iceberg (por el cartel del post: África en las noticias y el The New York Times y otros grandes periódicos anglosajones hubiesen tenido fotografías extraordinarias para sus primeras páginas.
Una foto, como del hombre con un agujero en la espalda caído sobre una valla en Sarajevo en agosto de 1995, tras el segundo bombardeo del mercado, es capaz de poner en marcha un mecanismo de respuesta. Sierra Leona no lo tuvo. Hay responsables de ese silencio.

En Sierra Leona, y Ruanda y en muchos otros lugares, no falló sólo la llamada comunidad internacional, fallamos los periodistas, los que dicen no interesa con una jarra de mal café inglés entre las manos y los que tienen miedo y también los que sólo miran presupuestos como si entre todos esos números estuviera la salvación de un oficio que se nutre de historias, de gente, de vida. La información no es una mercancía que se vende -verbo que se ha incrustado en el vocabulario de muchos-, la información libre es la base de la democracia. Eso es lo que está en juego: valores, ideas. Sin información solo hay una inmensa impunidad.

PD. Corinne Dufka dejó la agencia Reuters y el periodismo. Algo que benefició a África: es autora de extraordinarios informes para Human Rights Watch. Documentó con textos y fotografías el sufrimiento de Sierra Leona para que nadie pudiera decir nunca más No interesa.

PD mía: fue invocando su nombre y su impulso que empecé este blog: http://parlezmoiparole.blogspot.com/2008/05/la-palabra-tiene-la-palabra.html