14.2.11

Guayasamín: el arte como oración y grito



De visita por Quito, maravillosa ciudad suspendida entre las nubes y la montaña, tuve la posibilidad de conocer de más cerca la obra del gran artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín.

Había visto obras suyas hace diez años en La Habana vieja, en la vivienda colonial que le obsequió Fidel Castro donde hoy, además de ser un museo, funciona una escuela para la formación artística de niños y jóvenes sin recursos.

Su museo ecuatoriano, ubicado en la "pituca" zona del Mariscal, exhibe sus aficiones de coleccionista -piezas de arte precolombino, Cristos, ángeles y vírgenes en esculturas y cuadros- y parte de su magnífica obra.

Recorrimos, escuchamos, nos conmovimos con su mirada y el testimonio de una asistente que lo acompañó en las últimas décadas. Pura potencia, sensibilidad; puros ojos y manos, un puro gesto-cuerpo lanzado sin red al fondo de la experiencia de la marginalidad, la injusticia, la pobreza -que él bien conoció- y aun en los contextos adversos de los perdedores del mundo, la posibilidad de la ternura, el sexo, el amor.

El grito de Guayasamín se vuelve estentóreo en la Capilla del Hombre, un predio construido ipso facto para brindar testimonio artístico de la gran tragedia del hombre americano. Anexa la propia vivienda de Guayasamín, este proyecto que el artista multifascético -pintor, orfebre, coleccionista, escultor- diseñó en vida para dejar su legado a la posteridad.

Un grito que tuerce en mueca los rostros. Que se hace carne en la obra.

Espacios amplios de línea modernista para poder contemplar sin atiborrarse -sin atajos- retazos de una historia de pueblos sojuzgados, la historia de nunca acabar...
En los murales de la entrada, gigantografías acompañan alguno de sus pensamientos. Como éste:

"Mi arte es una forma de oración, al mismo tiempo que de grito... y la más alta consecuencia del amor y de la soledad".