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13.2.10

Anárquicos y solidarios


En Uruguay, cerca de Puerto Valizas, existe un pequeño paraíso llamado Monte de los Ombúes, donde esta especie prototípica de nuestras pampas, lejos de habitar en soledad, nace, crece y evoluciona en hermandad con sus congéneres. Los hay de todo tipo y formato. Un cineasta como José Luis Cuerda, gran amante de los bosques y sus misterios, adoptaría este sitio como escenografía de sus historias.
Coronillas, canelones y talas trepadoras se enroscan en los troncos y ramas inmensas de los ombúes para protegerlos con sus espinas del asedio del ganado.
El vínculo entre ambos no es parasitario: unos se ofrecen de guardianes a cambio de encontrar una guía para su desarrollo. Es decir: cada especie se nutre por sí misma y dispone sus talentos en complementariedad con las demás.
Los ombúes son anárquicos por sí mismos: no hay dos iguales y crecen según su propio ritmo.
Tampoco se puede detectar su edad a partir de señales en su morfología. El cálculo siempre es aproximado y se obtiene de la antigüedad de las especies protectoras y del "acta de merced" de las tierras donde han sido plantados. Los más longevos de este pequeño paraíso uruguayo llegan a los 600 años.
Los que caen fulminados por un rayo o por exceso de agua, dejan el claro necesario para que la luz facilite la aparición de nuevos brotes. A menudo éstos crecen desde las mismas raíces del árbol caído.