30.12.09

Farewell 2009


Como en botica, trajo de todo este fin de año.
Un querido amigo peleando por su vida contra un cáncer.
Una sobrina despidiendo su adolescencia para entrar el próximo año a la universidad.
Una amiga recibiéndose de abuela por quinta vez.
Otra amiga en viaje a Río de Janeiro, donde planea recibir el 2010 vestida de blanco y bailando en la playa.
Un cumpleaños.
Una asamblea de consorcio reñida y frustrante.
Un mediodía brindando con uno de mis libreros preferidos y una noche con otro de mis libreros preferidos.
Una nochebuena junto a mi pareja y su familia, a la que siento mía, con champán y pavo relleno y pan dulce y regalos.
Un recuerdo para mi madre en el día de su cumpleaños junto a mis hermanos, un año después de su partida.
La despedida de una amiga que se jubila en el laburo que compartimos los últimos 20 años.
Un día de cine, juegos, McDonalds y merienda con un niño que ya me llega al hombro y al que también siento mío.
Un mensaje de salutación con mis deseos personales y colectivos.
Un ritual.

22.12.09

Un cuento de Navidad

Para los descendientes del Mayflower, los cuentos de navidad son, más que una tradición, un verdadero género literario. Fábula moral y a la vez, historia de redención: hasta el malo más malo puede salvarse del infierno si visualiza, comprende y se arrepiente de sus villanías.
Paul Auster escribió el suyo y, quizás, en el acto de escribirlo haya encontrado, si no su redención, al menos una comprensión de la naturaleza insospechada de las relaciones humanas.
Entonces, ahí van, el cuento y la escena de la película que lo recreó.
Felices Fiestas.


EL CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN
Paul AusterLe oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad ?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.
No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

“Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
“—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
“Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
“—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
“Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
“Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
“—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
“No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

“No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.
“Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
“—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

“Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haver mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

“Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

“No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente había muerto.
—Sí, probablemente.
—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—. Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

13.12.09

Migrantes


El jueves a la noche nos reunimos en casa con un grupo de amigos para contarnos nuestros relatos familiares de inmigrantes.
Hubo carne mechada, cena con champán, ensaladas y delicatessen varios, postre de frutos rojos variados con crema americana a elección y un bello ramo de rosas que una de las invitadas obsequió a la anfitriona.
La sobremesa se prolongó hasta cerca de las cuatro de la mañana.
Llovió suavemente en algunos momentos y, pese al concierto de voces, la paloma que anida en mi balcón no se inmutó.
Ni que hubiera sabido que aquello de que hablamos también toca de cerca su propio destino migratorio.
Antepasados irlandeses huyendo del "mal de la papa"; antepasados gallegos, anclados a orillas del Paraná; antepasados vascos que conservan intactas sus moradas medievales y el corazón hospitalario a sus descendientes; antepasados cubanos entre la revolución y la diáspora...
Que migrar no se trata sólo de tragedia. Que se trata también de una elección. Que podría ser, incluso, una vocación. Que algunos nacieron para ser nómades, o que aprendieron a elegir ese destino que se escabulle de las fijezas. Que algunos se acuerdan poco, porque en la familia no se hablaba de las heridas. Que para otros somos las heridas, las fugas, las búsquedas, las raíces y las transgresiones.
Que somos esos relatos de dolor y aventura; de rebeldía y pertenencia.
Que somos los que van, los que vienen, los que eligieron quedarse y que, aun así, siempre se están yendo de algún modo.
Eso, y mucho más.
Migrantes.

10.12.09

Para esperar el 2010


Un amigo me contó su plan de operaciones para recibir al 2010, en su vivienda serrana.
A las 8, darle de comer a los perros.
A las 9, ubicar sobre la mesa rústica del comedor un solo plato con alguna porción de asado frío, el pan calentito, unas verduras y el pimentero cogotudo para sazonar.
Indispensable, la copa de vino negro que llenará varias veces.
A las 11, las migas serán el rastro del festín silencioso.
Paso siguiente: arrastrar el sillón hasta la galería sin olvidar la copa, que ha de seguir fiel al tinto, ni el porro de ocasión.
Después será el brindis sin palabras mirando las conflagraciones del cielo a lo lejos.
Ceremonias.

4.12.09

Los deseosos


Del otro lado hay otro lado que me escribe las historias de los que van
del fin al cabo de una patria
sin retorno
aun mundo por venir
¡remad! me escribe al dorso de la lengua madre
pues sediento es el que huye adonde el faro salpica
intermitencias


del otro lado la sed es nuestra guía su majestad
lezama
cada vez que flaqueamos cada vez que
perdemos el rumbo de la seda que
perdemos cada vez.

30.11.09

Y llovieron banderas...

Aún en medio de nubarrones, Latinoamérica se pronuncia...

Los uruguayos festejaron ayer el triunfo electoral del candidato presidencial del Frente Amplio, José Mujica. "El poder está en el corazón de las grandes masas", fueron sus palabras, al despedirse de la muchedumbre que lo vitoreaba cuando los resultados ya eran indudables.
¿Qué diría Francis Fukuyama de todo esto?

24.11.09

La voz de la sangre


Tabita Peralta Lugones nació en Buenos Aires, tiene sesenta años y, desde los 21, vive entre Barcelona y París. Parió cinco hijos, escribió libros de gastronomía, dirigió revistas eróticas, tradujo más de cien libros, fue ghost writer durante los años del franquismo. Y después de andar por las orillas de los textos, como tanteando la temperatura del agua antes de sumergirse, escribió Retrato de familia (Emecé, 2009), su propia memoria íntima de la saga familiar y trágica a la que pertenece. Y vaya si se lanzó a las aguas profundas y negras de la novela-río que anudan el Delta y el Río de la Plata, las letras y la política del siglo 20 argentino.

En este relato teatralizado, confrontan las voces de la Protagonista (la escritura) y la Mujer (la Hija); la abuela y su segundo marido; Ale, el hermano, suicidado a los 21 años en la misma isla del Tigre donde su celebérrimo pariente se tomó el veneno; el Padre y Marie, la amiga. Pero, por sobre todos ellos, como el espectro hamletiano, está la Madre: Susana “Pirí” Lugones. Y es con su omnipresencia que Tabita libra su verdadero duelo, con toda la ambivalente riqueza que entraña ese concepto. Duelo que es dolor y combate. Y que siempre es combate entre dos.

A la historia de los Lugones la han contado, entre otros, Marta Merkin (Los Lugones, una tragedia argentina), Eduardo Muslip (Fondo negro), Analía García y Marcela Fernandez Vidal (Pirí) y la cineasta Paula Hernández (Familia Lugones). La insinuaron Ricardo Piglia (La ciudad ausente); Andrés Rivera (El verdugo en el umbral) y David Viñas (Literatura argentina y política: De Lugones a Walsh). La protagonizan los dos Leopoldos: el poeta nacional, celebrante de la hora de la espada y suicida; su hijo el comisario torturador y suicida y Pirí, la hija del comisario, intelectual, montonera y asesinada en la Esma. Hay muchas figuras secundarias a esta trama, hoy nombres conocidos en el campo cultural y político, que cruzaron sus vidas con “ese apellido turbador”, citando la expresión de Viñas. Uno de ellos es Rodolfo Walsh, pareja de Pirí durante varios años y mentor de su militancia política.

Atenta a su linaje literario -¿la única fidelidad posible?-, una mujer recuerda, mientras degusta vinos exquisitos, prepara algún plato de pescado, imagina -¿sobrevive?- la vejez por venir. Escribe: un retrato que no es, una novela que parece un drama sin serlo. Su poética se inscribe en la encrucijada de los géneros: “trato de recordar esquirlas de palabras. Intento el recuerdo de los espejos”. Escribe para recordar; porque recuerda, “esta novela, mi primer libro de verdad”: literatura de verdad.

Publicado en Vos de La Voz, 26-11-09.

21.11.09

Noviembre



A veces atrapamos los ojos frágiles de nuestros hijos.

Hogar de naipes que construimos
con paciencia de caracol.

Vela el placard la enagua de la madre.

La noche es sin caricias.

20.11.09

Nómades y sedentarios

Caín y Abel
Por Sandra Russo.
Se comenta por ahí que Abel era nómade y Caín, sedentario. Y hay hasta quien dice que la historia de la humanidad puede leerse en función de la oposición, el rechazo, la necesidad de expulsión que sienten los sedentarios por los nómades.
Abel era pastor y Caín, labrador. Uno deambulaba junto a su rebaño de acuerdo con el clima y con el estado de la tierra. No estaba atado a un lugar sino a un estado de cosas: iba tras él, en un continuo microclima que creaba su propio desplazamiento. El otro echaba raíces, se definía a sí mismo como parte de un solo paisaje, le ponía nombre a su lugar de origen, creaba una bandera, componía un himno, y reglamentaba las condiciones en las que los extranjeros podían atravesar su territorio.
El primer crimen de la historia occidental permitió corporizar ese duelo simbólico entre los que migran y los que se afincan. Es que, si se lo piensa un poco, son dos maneras radicalmente opuestas de estar en el mundo.
En El rey de los alisos, Michel Tournier sugiere que “la querella entre Caín y Abel prosigue generación tras generación, desde el principio de los tiempos hasta nuestros días, como la atávica oposición entre nómades y sedentarios o, más exactamente, como la encarnizada persecución de que son víctimas los nómades por parte de los sedentarios”. Tournier dice que un ejemplo, un remedo desdibujado pero descendiente de aquella lucha, son los carteles que rezan, al lado de cada entrada a los pueblos, “prohibido acampar”.
Se prohíbe, según ese cartel, establecer un campamento, un estilo de vida precario en el que es imposible aplicar el concepto de propiedad privada, toda vez que la propiedad privada es un invento de los sedentarios. El nómade no tiene nada porque no le interesa apropiarse de la tierra ni llenarla con objetos de valor. El nómade no es dueño de nada. Cuanto menos tenga, más fácil será su traslado hacia otro lugar cuando el clima cambie. Mientras el nómade traza sus propios valores en virtud de su modo de vida, y se distrae viajando, el sedentario se distrae primero declarándole la guerra al nómade y más tarde haciendo leyes para perseguir las inmigraciones ilegales.
Caín, por su crimen, fue condenado por su Padre a vivir el destino de su hermano. “Ahora –dijo el Eterno– serás maldito en la tierra que abrió la boca para recibir la sangre de tu hermano. Cuando la cultives ya no dará sus frutos, y andarás por ella errante y fugitivo.” Un castigo, se ve, de múltiples lecturas psicológicas, políticas, antropológicas. Un primer daño al medio ambiente causado por Dios en persona, no sólo para advertirle al ser humano que no se debe matar, y mucho menos al hermano, sino además para inaugurar oficialmente la necesidad de huir. Cuando la tierra no dé más frutos, Caín deberá abandonarla si quiere sobrevivir. Esa insistencia divina en la existencia de nómades nos dice, seguramente, que los nómades son inevitables.
A partir de estas reflexiones, dos propuestas para pensar en esto.
La primera, que la lucha entre nómades y sedentarios se puede observar perfectamente hoy, tanto en la xenofobia europea como en el muro entre Estados Unidos y México, como en la explotación, en los países periféricos, de los trabajadores golondrina o los esclavos textiles. Los sedentarios sólo dan a los nómades el permiso de paso cuando pueden usarlos o bien para hacer rendir los frutos de la tierra, o bien para acumular más propiedad privada.
La segunda, la posibilidad de que en cada uno de nosotros esas dos partes estén presentes. Un yo nómade y un yo sedentario en constante puja y persecución. Un impulso hacia el traslado y un impulso hacia la raíz. ¿Cómo resolver en cada espíritu esa ecuación entre dos necesidades tan vitales? Lo retentivo y lo expulsivo pueden leerse en esta clave. Se pueden adivinar también, en esa misma escena, millones de fracasos afectivos entre quienes intentan vivir bajo contratos fijos, estables y rígidos, tan tranquilizadores como alienados, y quienes son nómades en sus sentimientos, y se trasladan de amorío en amorío buscando un clima que les guste. En todo caso, la idea ilumina una tensión de la que todos sabemos, por la que todos hemos pasado y seguiremos pasando.
En El rey de los alisos la lucha no se describe con distancia ni ánimo contemporizador. El autor toma partido decidido y de alguna manera insinúa lo ilusorio de esa lucha. No se puede no ser nómade.
Con prosa arrasadora, Tournier susurra y vaticina una lluvia de fuego sobre los sedentarios, “que serán arrojados en confuso montón a los caminos, y huirán enloquecidos de sus ciudades malditas y de la tierra que se niega a alimentarlos. Y yo, Abel, el único sonriente y saciado, desplegaré las grandes alas que escondo bajo la ropa de mecánico, golpearé con el pie los cráneos ennegrecidos, y alzaré vuelo hacia las estrellas”.
(Al artículo lo saqué de acá, en el sitio de Sandra Russo).

9.11.09

Irrelevant



Había, por cierto, en el papel, un blanco.
El principio era el caos: no en sentido temporal, sino en tanto método.
Escucho: sobre y de Cage, una definición de las atribuciones del "ritmo": algo no organizado, no repetitivo. Algo que sucede, inesperado, "irrelevant".
Se trata de vivir conforme a Kayrós, escucho decir, o creo: y apunto, obediente.
Entonces vuelvo: el principio era el caos, un silencio y aún, por ello mismo, un pleno de expectación.
No un blanco puro pues sino en grado cero su consecuente finitud, que grita, demasiado, su demanda de organización.
Asi como la desnudez revela menos que el atuendo; o el rostro menos que la máscara. Así, el silencio atruena en sus posibilidades.
Y antes del signo, la mancha, la incisión, el trazo, el lugar pregnante de lo informe.
Bacon creaba desde la mancha hacia un devenir figura que resultaba ser una (otra) mancha. En rigor de verdad: una de-formidad.
Kairós en la encrucijada de cuerpos que chocan.
No hay poiesis sin caos. Ni política: finalmente, fuera de Kayrós.

26.10.09

Gravitaciones

Elogio del agua, gravitación de Eduardo Chillida.

Tal parece que se hace con lo que nos queda, y no con lo que tenemos. Vacíos / llenos.
Es una pregunta. No sé.
Obvio que no se lleva bien con una lógica de los objetivos, del tener, esta otra que opera desde el hueco, el cuenco, el pliegue.
Desde los sucesivos duelos, los vacíos e incluso las ilusiones, productoras de llenos, que también provienen de los vacíos, desde ahí, algo: acaso un lenguaje.
He escuchado la explicación sobre la dialéctica lleno / vacío de la lógica Chillida: del blanco y negro en sus dibujos y collages como colores donde se conjuga la vida en su absolutismo.
(Él escribió: "Probablemente con el blanco y el negro se produce, a mi juicio, la dialéctica más poderosa y elemental en el sentido de que todo lo decisivo se puede decir sólo con estos dos colores o valores extremos").
En particular, los grabados: aguafuertes y litografìas, muestran el esfuerzo del artista por lograr la plenitud del negro, insistiendo en la corrosión del ácido sobre la plancha de metal, una y otra vez, hasta (casi) lograrlo.
Y están sus gravitaciones, inspiradas en la música de Bach, uniendo varios planos de papel mediante hilos, para que entre ellos circulara el aire.
La superposición natural, suspendida, de los varios aspectos de la multiplicidad.
Mille plateaux...
(A propósito de la exposición de obras de Eduardo Chillida y el ciclo "La poética del papel", organizado conjuntamente por el Centro Cultural España Córdoba y el Museo Eva Perón, ex Palacio Ferreyra).

10.10.09

Venecia


Ésta es la escena que ve cuando llega de noche a la ciudad: un paisaje meciéndose taciturno, despojado de góndolas y de palomas. Ésta es la imagen que no esperaba ver: la estación ferroviaria, oscura y maloliente a orines, como cualquier estación ferroviaria de un país del tercer mundo. La seguirá buscando por las calles laberínticas, en el reflejo de las aguas podridas, en las mazmorras del palacio Ducale, en los puentes, en las guías Michelin. En los vientos que exhalan los clarines de la guardia en la piazza. Todo lo que logra su afán por esos días es que ella le muestre la punta dorada del zapato. Sólo en sueños puede ver su hermoso cuerpo desmayado de amor, entre los brazos de la muerte.

Una manera de mirar es una manera de amar, un modo artístico del sufrimiento ante la naturaleza esquiva del objeto deseado. Iniciación al amor que es el principio de toda cultura: construir objetos-fetiches que evoquen esa imposibilidad. Manera Brodsky de no rendirse al primer fallo, de regresar, de obstinarse en producir allí palabras para nombrar la ausencia. Allí quiere decir puertas adentro: ser un personaje de la obra que se hace sola. Puede ser un cuadro, una comedia de enredos, una nouvelle. No un poema, no.

Una manera del amor cautivo le depara Venecia: no permitirse la omnisciencia, bajo ningún punto de vista.

De Libro de ojos (Alción, 2006)

30.9.09

Jirones



Me entero el viernes de la muerte de una tía muy querida. Anciana ya, pero de esas personas que parecen inalterables, que siempre permanecerán idénticas a sí mismas. Idéntica con ochenta y largos a la tía que armaba las empanadas en mis recuerdos de niñez. Arruga más, arruga menos: varias menos, pues se había operado para disimular "las patitas", y siempre se maquillaba y andaba perfumada. Ella decía que no le gustaba "tener una cara triste". Que eso era envejecer.
Vivía sola, seis años después de enviudar de su segundo esposo, a quien había rescatado del alcoholismo -tras una primera viudez de un adicto irrescatable. Su casa de dos plantas, cerca de Tanti, parecía un vivero, era muy colorida, ordenada y limpia hasta la exasperación, con muchos adornos medio kitsch y un par de gatos díscolos. En la heladera siempre había comida a medio preparar "por si acaso viene gente"; ella había sido cocinera de Segba hasta que se jubiló. Nos encantaba hablar de recetas. En nuestras últimas charlas telefónicas hablábamos del amor (de hombres, de heridas, de deseos cumplidos y no).
Bueno, hay mucha historia, de ella, de ellos, de nosotros ligados a ellos, y no sé si quiero contarla, tipo obituario. Yo ya no sé si puedo escribir así. No me interesa.
Sólo rescatar estos jirones, precisamente, porque la sensación es que te arrancan un pedazo de esa casa de dos plantas a la que ya no se puede volver, llena de jardines, de chamamé y de valcesitos con guitarra criolla; como tampoco ya no se puede volver a la casa de los viejos, y sí, una vez más: que hay que aprender a despedirse. Que duele igual, serenamente (ella murió preparando el locro para recibir a sus amigos en el festejo de su cumpleaños ¿habrá una muerte más poética?) pero algo de ese lazo imantador se rompe; lo que duele es eso, ese tirón y el jirón de piel que arranca. Ellos eran de los que ligaban, sin que se note. Eran amorosos de verdad, de verdad.
Yo no soy familiera en un sentido cristiano; no me gustan los manejos culpógenos y culposos, las deudas y exclusiones, los tan mentados mandatos, que normalmente mantiene unidos a unos contra otros, con sus soberanías chotas. Por suerte existen excepciones como éstas y algunas más, que me hacen sentir parte de algo, de una historia, de venir de algún lado y de algunas gentes con don de gentes.

Mi sentido de la familia, el que me gusta, el que elijo (con los precios que se paga por esa elección), se liga al de comunidad; es más bien político y está construido a partir de códigos y afinidades sensibles, de respetos, de libertad.
A cierta altura de la vida, me parece que la familia empieza a ser una trama de relatos.
Y un álbum.
De todas las que recuerdo, me quedo con una foto: la de la risa de esos dos, el día de su casamiento, 40 años después de vivir juntos, con fiesta, torta con cintitas, ramo de novia y orquesta... (los casó el intendente, que adoraba a mi tío, igual que casi todos los que conocían al único peronista de la familia) bailando unos tangazos, emperifollados y felices.
La muerte empieza sucederme cerca. Y se lleva a mis mejores.

Fucking death.

20.9.09

El mundo que no vemos (y Corinne sí)

Un ‘no’ que mata a gente que no sale en la televisión

(del excelente blog En boca del lobo, del periodista y corresponsal de guerra venezolano-español Ramón Lobo. Gracias a Andrés Acha por dármelo a conocer).

Una mañana de enero de 1999, una excelente fotógrafa de una gran agencia internacional de prensa, y que por entonces tenía su base en Nairobi, telefoneó a su jefe en Londres. “Hay que ir a Sierra Leona”. Se había incendiado aquel país gemelo en historia y tragedias de Liberia situado al otro lado del continente. Una guerrilla cruel compuesta en parte por niños que cortaban manos había tomado dos tercios de la capital, Freetown, derrotando a los indisciplinados, corruptos y poco efectivos soldados nigerianos de la misión de paz regional (Ecomog).

Un equipo de la agencia rival había enviado un material terrorífico y de primera clase sobre aquella guerra: cuerpos hinchados por el sol y abandonados en la calle, buitres devorando las entrañas y, sobre todo, mucha desolación. El equipo de la agencia rival fue tiroteado a los pocos días. Murió el productor Miles Tierney, resultó herido de gravedad Ian Steward y el fotógrafo David Guttenfelder. Cuando matan a periodistas en una guerra olvidada muchos otros periodistas pierden interés. No fue el caso de Corinne Dufka, quien peleó duro por ir al centro de la noticia. Su jefe en Londres, tal vez sentado en un despacho de la agencia Reuters con una jarra de pésimo café inglés hirviendo a la mano, respondió: No interesa.

Esta negativa automática, y muy poco periodística, condenó a cientos de miles de personas a la invisibilidad informativa. Cerca de 7.000 seres humanos murieron en Freetown en tres semanas (un número muy elevado si tenemos en cuenta que 10.000 fueron los muertos durante tres años y medio del cerco criminal en Sarajevo) sin ocupar un lugar en los titulares de unas noticias internacionales que se nutrían sólo del morbo y el espectáculo de la mancha que le había salido al vestido de Monica Lewinsky.

A veces se nos olvida que el cáncer viene de lejos, que los síntomas del deterioro ya estaban allí. Si Dufka hubiese acudido a esa guerra, habría fotografiado con valor y calidad (como hizo en Centroamérica, Bosnia-Herzegovina y África) lo que sucedía debajo del iceberg (por el cartel del post: África en las noticias y el The New York Times y otros grandes periódicos anglosajones hubiesen tenido fotografías extraordinarias para sus primeras páginas.
Una foto, como del hombre con un agujero en la espalda caído sobre una valla en Sarajevo en agosto de 1995, tras el segundo bombardeo del mercado, es capaz de poner en marcha un mecanismo de respuesta. Sierra Leona no lo tuvo. Hay responsables de ese silencio.

En Sierra Leona, y Ruanda y en muchos otros lugares, no falló sólo la llamada comunidad internacional, fallamos los periodistas, los que dicen no interesa con una jarra de mal café inglés entre las manos y los que tienen miedo y también los que sólo miran presupuestos como si entre todos esos números estuviera la salvación de un oficio que se nutre de historias, de gente, de vida. La información no es una mercancía que se vende -verbo que se ha incrustado en el vocabulario de muchos-, la información libre es la base de la democracia. Eso es lo que está en juego: valores, ideas. Sin información solo hay una inmensa impunidad.

PD. Corinne Dufka dejó la agencia Reuters y el periodismo. Algo que benefició a África: es autora de extraordinarios informes para Human Rights Watch. Documentó con textos y fotografías el sufrimiento de Sierra Leona para que nadie pudiera decir nunca más No interesa.

PD mía: fue invocando su nombre y su impulso que empecé este blog: http://parlezmoiparole.blogspot.com/2008/05/la-palabra-tiene-la-palabra.html

16.9.09

Say no more


Say no more about The Great Significant.

10.9.09

2001, Odisea


REVERSIBLE

El frasco intacto de pimienta de Jamaica entre sus ropas.
El Mercedes se aleja bajo la pedrea.
Una familia en viernes sorprendida.
Rechinan las cubiertas fuera del perímetro.
Se deja transportar con la docilidad de siempre, hacia la cápsula.
Ruge el motor, a quien quiera acercársele.
Hay barro en las suelas de los Caterpiller, del otro lado de la cinta amarilla.
Esperándolas.
Bajo el paraguas, el cadáver dentro de su propia silueta, lo ve como al pasar.
Brillos de angelitos obesos escoltan la avenida.
Por la vereda transitan los escombros.
Un fantasma de tiza.
Ayuden a bajar a la anciana, le puede dar un ataque, está pidiendo auxilio.
El hombre gordo vocifera con medio cuerpo desparramado sobre el capó del móvil.
A ella no le gustan las escenas.
Abuela, quédese tranquila, ya terminó todo.
Se abren camino entre una nube de flashes.
Qué vergüenza, una criatura, vivir esto.
Una mujer de unos treinta y cinco años lleva a una niña de la mano.
Prendé la cámara Huguito, dale que salimos, cerrá plano ahí.
Alguien se asoma entre los vidrios rotos.
La ambulancia se estaciona atravesando la vereda.
Por favor no entorpezcan, detrás de la cinta.
Oficial, quiero saber si mi hijo está bien.
QSL.
El chico hace señas en medio de los uniformados que le palmean la espalda.
Ya llegan los refuerzos, me confirman que la ambulancia hace QTN para acá.
El hombre herido se desmaya sobre la manta que tiende la chica del uniforme verde, a salvo de la altura.
Una chica viene corriendo desde la farmacia.
Perros brincando por los techos, se adivinan los fierros, las púas, los cuchillos pegados a los cuerpos.
Una mujer oscura empujando los bultos, pendiente abajo, la cortada.
Vamos, Nene.
Unos tiros aislados, las pisadas veloces de los borceguíes.
Morirse así.
Miles de agujetas, con furia, empañan, lavan.
Yace descoyuntado, una mala caída, ley de Murphy.
Las sirenas, los pasos precipitados, las puteadas abajo.
Se escucha un no prolongado y coral.
Empujado al vacío, hacia la balacera.
La mano del que manda, ahora.
Traidor hijo de puta.
Un perro alfa no puede secundar.
El Jefe parado en la cornisa.
Ahora o nunca. Nene lo deja hacer.
Boludo qué te pasa.
El hombre herido fuera de su alcance, contra la chimenea, de un empujón, tan fácil.
Te digo que lo sueltes, el Cabezón nunca le ha hablado así.
Qué hacés Cabezón, estás loco.
El Jefe siente el caño de la pistola en la nuca.
Olor a azufre en el aire.
Y a vos qué mierda te pasa, Cabezón.
Caen enormes las primeras gotas.
Soltalo te digo, dejalo ir, no ves que se desangra, nosotros no vinimos a matar a nadie.
No disparen.
Lo tiene agarrado de los pelos, la mano del que manda.
Afuera el cielo se llena de turbiedad.
Escucha mami a sus espaldas, cuando la puerta se abre piensa es el fin.
Todavía no.
Rápido Nene, traelos a esos dos, al que está herido también.
Las puteadas, las órdenes.
No disparen, hay rehenes.
Las sirenas, los pasos precipitados, la noche del otro lado del encierro.
Para que no me olvides, linda.
Un frasco caoba, etiqueta marrón, letras negras, borde dorado.
Tomá, de recuerdo.
Los ojos fugazmente compasivos del Cabezón sobre la mujer que tiembla.
No te voy a hacer nada, pará de temblar, sólo quiero olerte, olés lindo vos, como huelen las minas de guita.
Pegado a ella, vuelve a sentirlo entre los glúteos, empujada hacia el baño.
Negra, vos te vas por atrás, llevate las dos bolsas.
Dejale la pendeja al Nene.
Tranquila viejita, vamos a hacer un paseíto corto, no te vas a morir ahora, eh, por acá, despacito, subí las escaleras.
Una tenaza que tira del cuello de la remera y la levanta.
Yo me encargo de esta, Cabezón, tapale la boca a la vieja para que deje de chillar, vamos arriba, vamos.
A la terraza, dice que van.
El empleado asiente con la cabeza desde el piso al que interroga.
La yuta, viene la yuta, vení vos, negra, agarrá a la pendeja.
Reflejos de luces rojas sobre los mosaicos en damero.
Se creen que esto es joda.
No te preocupes mi amor, mamá está cerca.
El hombre grita como un perro.
Le sale el chorrito por debajo de la falda con puntillas.
Cerrá los ojos, mi vida, me escuchás Mara.
Un disparo.
Los dedos se estiran hacia el aparato.
Es veloz el chasquido del seguro al correrse.
De quién es ese celular, la puta que lo parió.
Partículas de aroma intenso, condensadas, ruedan a sus pies.
Se quedan quietos, la cabeza contra el suelo.
Huele, el hocico levantado, perro en celo, a la presa.
Ella no para de temblar.
Le apoya la pistola entre nuca y la oreja.
Le roza con el caño la cara interior de los muslos.
El Jefe tiene un arma cerca de los testículos, le roza, lo excita saber que está ahí, mira a la mujer tirada con las piernas abiertas boca abajo, tiene ganas de violar a la mujer que llora.
Fuerte a sal marina el tufo de señora bien, huele más por el miedo.
Un relámpago de odio, la ambición que espera su momento aunque reciba dócil la bolsa que el entrega el Jefe.
Vos Nene, fichalo a éste.
Vas a poner en estas bolsas los relojes, a tu izquierda están los whiskys.
Viejita, tengo un laburo para vos.
Será el pulsador de alarma, puede ver de soslayo al empleado que tantea bajo el mostrador, antes de tirarse al piso.
Cabezón, vigilá a la vieja. Intenta un pedido de clemencia, casi inaudible.
Al piso vos también.
Vení bonita, no llorés, te quedás acá acostadita en el piso, boca abajo, al lado de tu mamita. La niña se aferra al jogging.
Si se portan bien no les hacemos nada.
Haberse quedado en casa.
Se escucha un trueno, afuera.
Soñando.
Vamos, vamos, suelten las billeteras, mamita vos también, abuela quédese ahí, quietita contra la pared.
El joven detrás del mostrador, las manos en alto, cada movimiento en cámara lenta.
La puntada debajo del estómago. Son tres y una mujer.
Del otro lado de la puerta, la patada, el estruendo.
Qué gente, hijita.
Llegan los gritos, antes.
Mami, qué pasa. Quiénes son esa gente con los pañuelos en la boca.
Hija dejá el frasco en la canasta, no desenrosques la tapa, que se va a enojar el señor.
El empleado mira hacia la puerta con alguna inquietud.
Y mazapán de Toledo.
Hoy queremos cerrar antes, por las dudas, por favor, señora, no se demore mucho.
Qué va, si es siempre lo mismo. ¿Hay plantines de albahaca?
El de las hojas más pequeñas, por favor.
Hay lío señora, no vio los noticieros.
Pero si todavía es temprano.
El empleado le hace señas de que está cerrando.
Hay dos personas en el interior.
Déjeme en la esquina, por favor.
Sí, sí, está pesada la calle señora, yo la dejo a usted y me vuelvo a mi casa. Dom Perignon, dice en voz alta cuando doblan por Sucre.
Esté pesado.
Mara, quedate quieta, por favor.
Queso de cabra al oreganato para los canapés.
Prefiere el taxi.
Castañas de cajú para acompañar el champán.
La nena grita puedo ir con vos.
Le cierran el delicatesen.
Rojos y verdes, los colores de la natividad.
Doce cubiertos, doce copas espigadas, doce tréboles de cotillón para la suerte.
Tiene poco tiempo para cambiarse y salir.
Le pide a la chica que haga correr el agua y le busque la bata en el ropero mientras se desnuda.
Es su especialidad, lo que reclaman siempre los amigos, su marca registrada.
Aunque abrase el calor y el pavo se lleve mejor con el invierno.
Es tarde para cambiar el menú, lo ha decidido.
En la alacena no hay más, no la encuentro, señora.
Un grupo de nubarrones avanza desde la periferia.
Toda la tarde con el masajista.
Es que no tuvo tiempo ni de mirar el diario.
Hay que apurarse, los invitados llegan a las nueve.
Eso que le falta, eso que va a buscar, a la sazón.
Sobre la carne desabrida, el golpe inesperado de la especia.

Publicado en Decamerón Cordobés: Libro Tres: De los crímenes (Babel, Córdoba, 2007)

9.9.09

Pathos y Eros


Una manera de desplazarse ahí, desde lo quieto, bajo la tensión que tiende hacia: un Pathos melancólico. No huye, no del deseo y del goce que produce la preparación del encuentro.
Gatbsy detiene su auto en mitad de la carretera hacia el que, sabe, será el primer encuentro esperado durante años con la mujer que ama. Se detiene y goza de ese momento que será irrepetible. Y que la consumación erótica no podrá superar.
La espera, el deseo, eso que nos lanza al camino. La suspensión en acto. Un acto estético. Teatral.

29.8.09

Manchas



No dibujo. Empiezo haciendo todo tipo de manchas. Espero lo que llamo “el accidente”: la mancha desde la cual saldrá el cuadro. La mancha es el accidente. Pero si uno se para en el accidente, si uno cree que comprende el accidente, hará una vez más ilustración, pues la mancha se parece siempre a algo.
No se puede comprender el accidente. Si se pudiera comprender, se comprendería también el modo en que se va a actuar. Ahora bien, este modo en el que se va a actuar, es lo imprevisto, no se lo puede comprender jamás: It’s basically the technical imagination: “la imaginación técnica.”
Entiende usted, el tema es siempre el mismo. Es el cambio de la imaginación técnica lo que puede “dar la vuelta al tema”, el sistema nervioso personal.
Imagine escenas extraordinarias, esto carece de todo interés, desde el punto de vista de la pintura, esto no es imaginación. La verdadera imaginación está construida por la imaginación técnica. El resto es la imaginación imaginaria, y esto no lleva a ninguna parte.
No puedo leer a Sade por este motivo. No me asquea del todo, pero me aburre. También hay escritores mundialmente conocidos que tampoco puedo leer. Escriben cosas que son historias sensacionales, sólo esto. But they have not technical sensation.
Es siempre por medio de los técnicos, como se encuentran las verdaderas aperturas. La imaginación técnica es el instinto que trabaja fuera de las leyes, para volver al tema sobre el sistema nervioso con la fuerza de la naturaleza.
Hay jóvenes pintores que excavan la tierra, tomar la tierra y luego exponen esta tierra en una galería de pintura. Es tonto, y prueba la falta de imaginación técnica. Es interesante que tengan ganas de cambiar de tema, hasta el punto de llegar a esto: arrancar un pedazo de tierra, y ponerla sobre un pedestal. Pero , lo importante sería que la “fuerza”, con la cual arrancan la tierra, “regresara”. Que el pedazo de tierra sea arrancado, sí, pero que sea arrancado a su sistema personal y hecho con su imaginación técnica.

- La noción de progreso en la pintura, ¿es una falsa noción?- Es una falsa noción. Tome la pintura paleolítica del Norte de España, no me acuerdo del nombre de la gruta. Ahí se encuentran, en las figuras, movimientos que nunca han sido mejor captados. El futurismo está “completamente” allí. Es la escenografía perfecta del movimiento.
- La noción del progreso personal, ¿ es falsa también?- Menos falsa. Se trabaja sobre uno mismo para obligarse a desarrollar las cosas de forma cada vez más aguda.
- ¿Qué es el peligro?- La sistematización. Y la creencia en la importancia del tema. El tema no tiene ninguna importancia. El talento puede regresar, marcharse. Las excepciones de la historia son Miguel Ángel, Ticiano, Velásquez, Goya, Rembrandt: nunca regresión.
- Se progresa ¿cómo?- Work. Work makes work. ¿Está usted de acuerdo?
- No. Es necesario un punto de partida. Sin esto, es inútil trabajar. Cuando leo ciertos libros, encuentro que escribir de un determinado modo es aún escribir menos, que no escribir en absoluto. Que leer de determinada manera es aún leer menos que no leer en absoluto, etc.- En pintura es parecido. Pero no se sabe nunca con la imaginación técnica, ésta puede dormir y un buen día despertarse. Lo principal es que esté allí.
- Volvamos a las manchas de color.Sí. Espero siempre que llegue una mancha sobre la que construiré “la apariencia”.
- ¿Siempre son las manchas las primeras en salir?- Casi siempre. Son los “acontecimientos que me suceden”, pero que suceden a merced de mí, por mi sistema nervioso que ha sido creado en el momento de mi concepción.
- ¿La “felicidad de pintar” es acaso una noción tan tonta como la de “la felicidad de escribir”?- Igual de tonta.
- ¿ Se siente usted en peligro de muerte cuando pinta?- Me pongo muy nervioso. Sabe usted, Ingres lloraba durante horas antes de empezar un cuadro. Sobre todo un retrato.
- Goya es sobrenatural.Quizá no. Pero es fabuloso. Conjugó las formas con el aire. Parece que sus pinturas están hechas de la materia del aire. Es extraordinario, fabuloso. El mayor Goya, para mí, está en Castres. La Junta de Filipinas
- .-A qué ha llegado la pintura en el mundo?- A un momento muy malo. Debido a que el tema era tan difícil, fuimos hacia lo abstracto. Y, lógicamente, éste parecía ser el medio hacia el que tenía que ir la pintura. Pero, como en el arte abstracto se puede hacer cualquier cosa, se llega simplemente a la decoración. Entonces, parece que el tema vuelve a ser necesario, pues sólo el tema hace trabajar a todos los instintos y buscar y encontrar los medios de expresarlo a él, el tema. Ve usted, volvemos a la técnica.
- - No había pintado nunca antes de los treinta años?- No. Antes yo era un drifter, ¿cómo lo traduce usted?
- El que va a la deriva.- Siempre miré la pintura. Y en un momento dado me dije: quizá yo mismo.. Tardé quince años en llegar a algo. Empecé a hacer algo a los cuarenta y cinco años. La suerte que tuve fue no aprender nunca la pintura con profesores.
- La crítica respecto a su trabajo?- Siempre estuvo contra mí. “Siempre” y “todos”. Desde hace algún tiempo los hay que dicen que soy un genio, y otras cosas así. Pero, esto no cuenta. Me habré muerto antes de saber quién soy, porque para saberlo, el tiempo tiene que pasar. Sólo con el tiempo se empieza a ver el valor.
- Con frecuencia hemos hablado juntos del “accidente”.- No puedo definirlo. Sólo se puede hablar “en torno”. En sus cartas, Van Gogh tampoco ha hecho otra cosa que hablar “en torno” a la pintura. Sus "toques”, al final de su vida, la fuerza de sus toques, no requieren de ninguna explicación.
- Inténtelo, desde el exterior.-Pues si tomáramos materia y la lanzáramos contra un muro o sobre una tela, se hallarían enseguida rasgos del personaje que quisiéramos retener. Esto se habría hecho sin voluntad. Se llegaría a un estado inmediato del personaje, y fuera de la ilustración del sujeto. Cuando los pintores pintan un piso hacen manchas en la pared, antes de empezar su trabajo, se trata del mismo modo de conseguir un estado inmediato de la materia. Los expresionistas abstractos americanos han intentado pintar de esta manera, pero con la fuerza de la materia.
No es suficiente. Sigue siendo decoración.
La fuerza no debe ser, no está en la fuerza de lanzar la materia. La fuerza debe estar completamente congelada en el tema. La materia lanzada sobre el muro, quizás el accidente, sabe. Lo que sucede después es la imaginación técnica.
- Duchamp?- Se ha cargado la pintura americana para cien años. Todo viene de él, y todos. Lo que es curioso, muy curioso, es que él hacía la pintura más estética del siglo XX. Pero su trazo era muy firme, y su inteligencia era muy firme.
- Podemos llamar al accidente, la suerte o el azar?-Sí, estas palabras son todas las mismas.
- Cómo es el momento privilegiado, cómo se define?-Es cuando los “músculos” trabajan bien. Entonces las manchas parecen tener más sentido, más fuerza.
- Todo es concreto.-Todo. Yo no entiendo mis cuadros mejor que los demás. Los veo como válvulas de mi imaginación técnica en distintos niveles.
No hay nadie a quién se pueda enseñar un cuadro, y que sea capaz de ver qué hay de nuevo en este cuadro.
- Dice usted no comprender, y sus cuadros estallan de inteligencia.- ¿Es posible esto?- Lo creo. Conocí a una niña que preguntaba: ¿qué es el calor, cuando no hay nadie que tenga calor? Yo le pregunto:¿qué es la inteligencia cuando el pensamiento está ausente de ella? ¿Qué es la inteligencia cuando nadie experimenta o nadie utiliza esta inteligencia con fines críticos, juicios, etc? ¿No estamos muy cerca de lo que usted llama instinto?- Estoy de acuerdo. Quisiera hacer retratos, y todas mis pinturas, con el mismo choque que usted recibe en la vida ante la “naturaleza”.
- Y, por esto, cree en este trabajo dentro de la imbecilidad?- Absolutamente, completamente. A veces el sentido crítico aparece, el cuadro se hace visible durante un instante, luego se va.
- Cuando trabaja usted?- Por la mañana, con la luz. Por la tarde, voy a los bares o a las salas de juego. A veces, veo amigos. Para trabajar tengo que estar completamente solo. Nadie en la casa. Mi instinto no puede trabajar si los demás están ahí, y cuando uno los ama es peor- sólo puede trabajar con la libertad.

La Quizaine literaire .1971.

26.8.09

Mi Cortázar inesperado


Hoy cumpliría noventa y cinco años Julio Cortázar.
La efemérides plantea una ucronía. Porque él murió mucho antes.
Pero, por sobre todo, recordarlo hoy significa la celebración de que alguien como él haya existido para nosotros.
Acá está mi Cortázar hoy por hoy, muerto hace 25 años, dos después de la partida de su adorada Carol Dunlop; éste, digo, que también nos ha mostrado que siempre en el subsuelo de nuestras costumbres civilizadas, se agazapa el ídolo de las cícladas, o el que huye de la muerte, o el que mata, desde el principio de todos los tiempos, el verdugo y su víctima, con-fundidos en las muchas memorias de la barbarie.

De aquellas narraciones que formaron parte de su, digamos, primer ciclo, hasta su despertar a la conciencia política en el 68, entre jóvenes franceses que ya eran parte de su tribu en el exilio -no tanto los franceses, como los jóvenes libertarios de ese Mayo pionero-, elijo aquellos que me disparan la inquietud, con sus intermitencias temporales; los de las mil mesetas que despliegan sus tramas; el de la peste que asola la nave de los premiados y su zozobra: las metáforas.
Y del después, hoy 26 de agosto, invitada por Casa 13 (Moni, Aníbal, Luciano y toda esa hermosa gente) a leer sus palabras, por decir uno, elijo su Graffiti, en honra de su y mi admirado Antoni Tapies, trágico, dolorosamente testimonial de una Argentina surcada por el horror y la violencia. Y sigo, y lo sigo eligiendo, al Cortázar que no se conforma con la fama obtenida, al que se saca el traje de burgués y mira frente a frente a Latinoamérica, sus tensiones, sus luchas. Y elijo sus maneras de jugar(se) en serio: la bronca, los errores, incluso las ingenuidades; el optimismo, la barba y el trayecto, la discusión, el amor, la intensidad, el dolor de la pérdida, su voz, su cara de buen tipo, y estas palabras, por caso, que encontré entre sus Papeles inesperados: "porque el dónde está aquí y el sur es esto, el mapa con las rutas en ese temblor de náusea que te sube hasta la garganta, mapa del corazón tan pocas veces escuchado, punto de partida que es llegada".
Feliz cumpleaños, queridísimo.

8.8.09

Una niña, un libro




FELICIDAD CLANDESTINA
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

5.8.09

Cocin/arte






Hay platos que son verdaderas obras de arte. Y no hace falta que vayamos a Cataluña a probar uno de los exclusivísimos engendros futuristas de Adriá... ¿Cómo olvidar los poéticos dulces de ciruelas que preparaba mi abuela Ceferina de su propio huerto-jardín, con muuucha pulpa, el color del frasco, la fruta generosa y casi entera del contenido/continente de ese brindarse para el sabor / saber familiar ... hilo invisible de nuestros relatos? ¿O las pastafrolas de mi madre, altas y con generoso membrillo para nosotros y los amigos que siempre llegaban en patota a nuestra casa?... ¿O el arroz con frijoles que preparaba Olga, la cubana, durante mi estancia en Marianao?
Y fuera de la familia, en ese otro hogar que puede ser el mundo cada vez que elegimos entranjerizarnos, irnos un poco de nuestras rutinas, de los hábitos cotidianos, la aventura de descubrir maneras de sazonar, de presentar un plato, de acompañar la abundancia con especias y colores diversos.
Como en la ocasión que ilustran estas imágenes, en compañía de afectos queridos, domingo primereando agosto, en Plaza Asturias. Para empezar: una copita de jerez, pancitos frescos, manteca para untar. Después llegaron las cazuelas (de mariscos, de congrio), junto al malbec de rigor. Finale: natillas y otra invitación de la casa: lemoncello.
Dopo bajativo: caminata por San Telmo. Y un café como digno cierre de un Buenos Aires querido en el Bar Británico...
Et saluti!

29.7.09

Literatura y veneno



"Platón sabía que solo la divina manía del arte expresa la esencia de la vida y de la verdad vivida, pero expulsaba a los poetas de su República ideal. Aquella condena es injusta, potencialmente totalitaria y debe rechazarse, pero no sobra tenerla siempre en cuenta, con la verdad que contiene, aunque esté distorsionada. La poesía no está obligada a subordinar la existencia a su significado más alto, que la trasciende, como lo hace la filosofía.
La manía –recuerda Livio Garzanti en su estupendo Amar a Platón– “produce sueños que la razón, cuando se despierta, debe interpretar”. (N.de E.: el subrayado es mío).

La poesía está llamada a decir la verdad de la existencia, por cerril, imperfecta o cruel que sea; a expresar el contradictorio corazón del hombre, en el que coexisten la magnanimidad con la bajeza, la vanidad y la maldad. El arte ilumina a fondo estas contradicciones y para hacerlo está obligado –o naturalmente inclinado– a ensimismarse con ellas, incluso con las peores; a mimar esa realidad mundana que para Platón es ya mímesis engañosa de la verdad, de la cual por lo tanto la poesía es mímesis al cuadrado. Doblemente falaz, entonces, pero también necesaria para la verdad, porque es reveladora de ese mundo de sombras que el hombre ve en la caverna platónica y que aunque sean solamente sombras ilusorias, son también, en cuanto tales, compañeras de toda la existencia humana. El mismo yo poético se siente incierto como una sombra.
(...)
El alma del hombre, se dice en el Fedro, es tirada hacia lo alto y lo verdadero por un caballo, y arrastrada hacia la bajeza de las propias miserias, por otro. Quizá la función de todo arte, a diferencia de la filosofía o de la religión, consiste en contar y representar lo que le sucede al caballo que nos jala hacia abajo, o mejor, a nosotros cuando le soltamos las riendas y lo seguimos, no solo entre desordenadas y fuertes pasiones, sino también en vanos disgustos –incluidas las envidias de las que dan testimonio estos insultos entre poetas–, quizá inevitables dada la debilidad humana. Lo que no quita que definir “burdo” al Quijote, como hizo Nabokov, seguirá siendo siempre una gran metedura de pata.

Claudio Magris, Literatura y veneno (artículo publicado en El malpensante). Reproduzco uno de sus tramos más sustanciosos (¡gracias a Rosita Bertino por el envío!).

18.7.09

Luna beluga


Hace 40 años ¿el hombre pisó la luna? algunos dicen que sí, otros que fue una farsa montada en algún lugar cerca de Las Vegas. Una linda película que el mundo entero contempló arrobado. ¿Acaso importa?

El día del alunizaje me tocó estar en un hospital. El auto en el que viajaba atropelló y mató un hombre. Yo tenía siete años. Sobre mi cara estalló el parabrisas. Mi vieja tiró a tiempo del cuello de mi sweater para que mi cuerpo no lo atravesara. Así que en los instantes en que el hombre plantaba huella y bandera sobre el suelo lunar para regocijo del mundo, -la misma parte del mundo que hablaba de paz y amor cósmicos mientras se asesinaban poblaciones enteras en Vietnam-, yo veía brillar "mi" luna, la de mi infancia, eterna obesa y guardiana, en posición horizontal, a través de la ventana de una sala aséptica. Blanca y fría, como ella. Fijate vos... Me dije entonces: algún día contaré esto. Bueno, cumplí.
Hace unos años escribí un textito sobre ella. Me inspira ternura y respeto. Como a tantos, ¡cuánto se ha escrito sobre la luna! de sus hechizos y maleficios; de su amparo y seducción; de su musa. El texto en cuestión se publicó en el 4to. volumen del Decamerón cordobés.
LUNA QUE ESTÁS EN LOS CIELOS (o del arte de desear en la ciudad templaria)
Y dibuja la luna.

La noche está astillada, como la muela cariada que la artista perdió sobre el ladero izquierdo. Desde su hueco, una mudez nueva para cubrir, ceceante, los balbuceos del vivir. El silbido y la saliva conjugan con la lengua cuando falta la pieza que falta.

Pero no todo es fonación, dis-cursus, ir de un lado a otro, corriendo detrás de la palabra justa. Por eso los ojos de la artista miran hacia lo alto y se brindan a su luna beluga comestible cuando media y rima, hipnótica, hermana del misterio y la impiedad.

Acuclillada entre los yuyos, elabora el contorno con pulso incierto, porque la luz titila, la luna es despareja, esa noche en particular, achanchada, la marca de la huella que el hombre pisó, mientras en la tierra habitaban fuegos de guerra y revolución y sólo había un orbe bipolar. Hasta que Orfeo descendió y mezcló todo de nuevo. Historia antigua.

Quiere dibujar la luna tal cual la ve, disfrazada de parturienta entre constelaciones mezquinas, y una nube a lo lejos, que no entra en el cuadro. No es la luna de los sueños, es una maldita luna que confunde los puntos cardinales. Es la bella donna y la puta que nunca duerme, la dama en vela, la bien pagá. La cortesana y la buena de los cuentos de arroró. Es una sucesión de máscaras la luna entreverada con su polizón de nardos. Ella no viene ni va de nadie, ella está adonde quiere y se esconde tras los arbustos y asoma sonrojada, o agorera de tempestades, o buchona por las calles que el deseo torció.

Es toda roca en yiro cerca de la tierra, satélite guardián de las mareas, de los ciclos de la fertilidad, que escatima cuando no ha llegado el momento del brote. Ni nueva ni llena establecidas: un puro devenir de luna en luna.

La dibuja de nuevo, su silueta fundida en la hamaca paraguaya: la artista se libera. Entregada la red al movimiento, es su luna lunita de boleros llevar, mientras los pescadores de aguas dulces naufragan porque la reina desertó y las estrellas se fueron de copas por los bares de Alberdi. A veces la naturaleza puede ser irresponsable.

Le dibuja las puntas alzadas hasta casi rozarse pero no cierra el círculo porque busca algún grado de verosimilitud. El esmalte nacarado produce un ligero contraste de blanco brioso sobre blanco seco.

¿Será necesario pintar el fondo para decir "esto no es una luna"?
A su luna le sobra hilván y se le notan las costuras. Es de las que no esconden la hilacha. Por eso es áspero el cielo que dibuja la artista.
Su luna desafía la ley de gravedad. Suspendida en el andamio cuerno abajo, confunde las menguantes con crecientes y los puntos cardinales con marginales.

Los hombres se convierten en lobos cuando está en plenitud; las mujeres se revuelven en los lechos. ¡Fiebre uterina! ¡Mal de amores! rebaten los bronces de la ciudad templaria.

Así es esta luna que también puede ser de hielo. Blancura feroz que abrasa.
Ella no miente nunca y, sin embargo, las personas le cuentan sus mentiras. Saben que es luna de fiar.

Acuna el sueño de los niños, y también les susurra al oído las pesadillas más terribles, para que saquen a jugar sus miedos, apenas las pupilas adultas dejan de vigilarlos.
Después, entra al dormitorio de la señora y hurga los objetos del tocador. Se prueba las emulsiones, los coloretes, los aros, las hebillas, los extractos de perfume para volver, desnuda, a la palidez espléndida que le devuelve el espejo oval.
Es pura sensualidad.
Una entera desvergonzada.

Por eso, la artista le dibuja una risa llena de dientes. Su luna es así; no se permite la melancolía.
Luna cabrona, luna loca de atar. Luna de todos y de nadie. Luna se mira y no se toca.
Luna espectral y viva.

11.7.09

Hamlet revisitado (para seguir con los espectros...)




Jorge Villegas, hombre de teatro, talentosísimo y en constante búsqueda -recordemos la trilogía Judiciales, LSD, Informe Mono, etc.; la dirección de su grupo teatral Zeppelin, su intensa actividad pedagógica, las obras escritas en colaboración, los encuentros crítico-gastronómicos trimestrales, entre otros haceres suyos-, organiza y dicta el siguiente seminario:


HAMLET HP TY 14/4


Una Clínica sobre el “Hamlet” de William Shakespeare

Cómo Pensar y Hacer “Hamlet” entre las ideas de Hanna Arendt (¿por qué debe haber alguien?)
y el deseo de la Institución Noble.

Lo Estético y lo Estático.
Lo Unidimensional y la Diseminación de Sentido como tema Político.
El Cuerpo como Transmisor de Ideas Políticas.
El Cuerpo Domesticado y las Ideas Sujetas.
El Discurso del Amo en la Creación de la Obra de Arte.
El Valor Político del Instante y su Relación con el Concepto de Signo de Derrida.
El Concepto de Política en Hanna Arendt.
¿Qué hizo con HAMLET Heiner Müller?
El Trabajo con la Forma como Construcción de Sentido.
De la Dinamarca del 1600 a la Ciudad Panóptica: Shenzhen

6 encuentros de 3 horas cada uno, los sábados de agosto y dos de setiembre. Teórico/Práctico.

Objetivo: Pensar y Montar Escenas de la obra HAMLET atravesándola de Ideas Políticas y de Ideas Estéticas.
Dirigido a: Actores, Estudiantes de Teatro, Docentes y Personas Interesadas en el Hecho Teatral Contemporáneo.
Condiciones: Lectura de “HAMLET”de W. Shakespeare y del artículo “China y el Estado Vigilante” de Naomi Klein, Revista Rolling Stone número 124, Julio 2008.

Para pensar la política y el poder, con un autor de todos los tiempos...

1.7.09

De la noche


HÉCATE EN LA RIBERA… o de las cosas que el día no ve.

Soy su memoria.

He visto las verdades del cuerpo que los hombres prefieren ocultar por discreción o vergüenza.
He visto las miradas furtivas de los amantes contra la piedra húmeda y sentido en carne viva los sudores, las palpitaciones, el estertor del orgasmo.
He visto la rebelión del agua: sacar de cuajo árboles y lechos, llevarse el calicanto, y el moho que dejó la turba después de varios días se adhirió a mi piel; y fue mi piel.

Soy su reina.

La gente que va de misa vespertina se persigna cuando le salgo al cruce. No todos pueden verme. Privilegio real: yo elijo a quien mostrarme. Y cuando me aseguro de que están paralizados, cuando sé que definitivamente no huirán de mi risa completa y blanca, _y no de encías huecas, como en los cuentos de los Grimm_ dejo caer la capucha y revelo la quintaesencia de mi sensualidad. Brilla con apenas una pelusilla suave y algunas manchas celestes alrededor de la coronilla.

Soy su hechicera.

Conozco cuatrocientos cincuenta y dos fórmulas para conjurar daños y producir entuertos. Alguna vez, sólo por divertirme, casé a la fea pobre con el petulante, a quien volví pobre y cornudo, transcurridos unos pocos años de relativa felicidad.

Soy su maestra.

Con sólo invocarme, las mujeres entrenadas en el oficio más antiguo del mundo logran poderes impensados. Lo de las fotos y la bola de vidrio funciona como placebo. El único exorcismo auténtico reside en la palabra.

Soy su lectora.

Me descifro en ella; me adjetivo y la celebro en poemas epigramáticos. Dejo muescas grabadas en las esquinas como notas al pie. Escribo lo que ella me dicta. A sus lectores les advierto: ella no tiene misterios. Ella siempre dice la verdad. Ella se abre y prodiga.

Soy su puta.

Bajo la toga oculto unas tetas generosas, que son la envidia de mis amigos travestis. A veces para ayudarlos se las muestro a los potenciales clientes, ocultando mi rostro entre el follaje de las tipas.

Soy su memoria.

He visto morir a un crío de cuatro, seis, siete, nueve, diez, de una paliza, de un tiro, de hambre, de indiferencia. He visto a un adolescente desangrarse. He visto a otro correr con unas zapatillas fosforescentes atadas sobre la espalda y un brillo dentro del puño. He visto bocas masticando desechos. He visto a una mujer rascarse con frenesí la cabeza de Medusa. He visto a Icaro vomitar sangre con un ala quebrada, a Sísifo abrazado a la roca, y a Perséfone buscando a su marido por los tugurios de Güemes.
He visto a Démeter maldecir el fruto, cuando se dio cuenta de que la chinita otra vez se había escapado con ese miserable.

Soy su confín.

Deambulo por las márgenes de un río que avanzó sobre la ciudad, antes de que la ciudad avanzara sobre él para domar su furia.

Soy su oído.

Escucho las plegarias non sanctas de las viudas cuando el calor aprieta. Dicen cosas que ruborizarían a las mujeres de largas piernas que fuman a mi lado. Que me cuentan las cosas que les dicen los hombres que les pagan. Lo que les dicen los novios mientras las golpean.

Soy su memoria.

He visto sombras engullidas por un Falcon, desaparecer.
Por eso llevo luto.

Soy su voz.

Pregunto por José, por Cacho, por Ignacio, por María…

Soy su tenacidad.

…y nadie puede decirme adónde fueron. Quizás no sepan; quizás mi aspecto los asuste. No es común que una mujer calva ande haciendo preguntas imprudentes por la vía pública.

Soy su memoria.

He visto a hombres y mujeres volviendo de sus marchas. Con minifaldas y botas D´Artagnan; con cuellos mao; con remeras Lacoste; con pieles sintéticas; con velas, con encendedores, con ollas vacías y ahumados de choripán. Con botamangas amplias y mochilas. Con palos. Con alpargatas. Con camisas de jean.
Los he visto en mayos, en setiembres, en octubres, diciembres… y de nuevo en los marzos, desmembrarse cansados, de regreso a sus vidas.

Soy su hermana.

Escondo mis dolores en el bolsillo que abrí detrás del esternón.
Mi aspecto es sólo una caricatura de lo que fui. Uno de mis tantos disfraces sobre este armazón de huesos que transporto desde hace miles de años.

Soy su heraldo.

Me lastima la luz. Mi estilo es hiperbólico:
“¿Parezco irritada? ¿Y no tengo motivos, brujas insolentes y temerarias? ¿Cómo habéis osado comerciar con Macbeth y traficar en enigmas y asuntos de la muerte mientras yo, vuestra maestra en sortilegios, artífice secreta de los maleficios, no fui ni convocada a ejecutar mi parte ni tampoco a mostrar nuestro arte en todo su esplendor? Y lo que es peor, todo lo que habéis hecho fue por un hijo caprichoso, malvado y violento, que al igual que muchos por sus fines procura; nunca por los vuestros. Poned ahora remedio; así, partid y a las cavernas de Aqueronte venid para buscarme con el alba, que allí él para saber de su destino ha de acudir. Preparad vasijas, los conjuros, vuestros filtros y todo lo demás. Me vuelvo al aire, que he de emplear la noche en un fatal y trágico designio. Grandes cosas habrán de urdirse antes del mediodía. De la curva de la luna pende una gota que exhala hondos misterios que yo he de recoger antes que caiga a la tierra, y destilada por los filtros mágicos hará surgir espíritus artificiales con la fuerza debida a su ilusión que le conducirán hacia su ruina. Despreciando el destino, se reirá de la muerte, llevará su esperanza más allá del temor, sabiduría y gracia. Vosotras lo sabéis: la confianza es para los mortales la peor enemiga.…. “… fue una gran actuación… Pero el destino me trajo hasta estas tierras para ser…o no ser…

Un espectro menor.

No tengo séquito porque no hay que andar por estos lugares ostentando título. Cada tanto, los diarios me incorporan a sus notas de color local.

Soy su libertad.

Ella me abraza en medio de la lluvia, el granizo, el rocío, el estallido de una estrella; lunática o nublada; ella me invita a transitarla, a sentarme con ella, a contarle sus desventuras, a imaginarla, a atravesar fronteras; ella me ordena que haga saltar los cepos, los elásticos, las clavijas, las lenguas, los corchos, las órbitas, los hábitos del día.

Soy su memoria.

Ella me llama cada vez que alguien quiere olvidarla.


(Publicado en Decamerón Cordobés. Libro de la noche. (Libros 7 y 8). Babel. 2008 )

11.6.09

Rosa cubana




Ella se llama Rosa, pongamos. Rosa está maquillada como para ir de fiesta, el pelo negro cayendo en bucles perfectos, dos hebillas doradas que sostienen las mechas más cortas, minifalda, medias de lycra, labios contorneados con lápiz chocolate, quizás un poco más oscuro de lo que debiera haber sido la insinuación de un continente para el rouge, rabiosamente fresa, de la boca. Anda así, subida a su carro, con esa pinta, y eso que son las 6 de la mañana, y del sol todavía ni asomo. Yo voy en zapatillas, un buzo dos veces más holgado que mi cuerpo, vaqueros flojos, una bolsa con algunos obsequios para quienes me esperan en la ciudad sin mar, la valija azul, la cámara de fotos en el bolsillo de la campera de lona, también azul.

Ella acomoda el equipaje en el asiento de atrás, y cuando voy a sentarme en el extremo libre, me pregunta, extrañada, por qué no le hago compañía, así podemos charlar más cómodas, y yo le digo por qué no, y me siento a su lado.Costumbres, le digo, argentinas, esto de ubicarnos atrás cuando vamos de pasajeros. Aquí, me dice, no estamos habituados, somos conversadores, y quien viaja con nosotros comparte.¿Aunque les paguen? pregunto, y me arrepiento al segundo de haberlo preguntado. Ella sonríe: Claro que sí, por supuesto. Qué diferencia hace si el viaje es el mismo para todos.