15.10.10

Madre

No le gustaban los arraigos, ni dejar evidencia física; no le interesaba siquiera lo que pudiese ser de nosotros cuando ella no estuviera. Sólo quería disolverse en el río donde anclaban sus mejores recuerdos de niña pobre, cuando no existían ni la esperanza ni la ambición ni el miedo.
Fantaseaba con vivir en hoteles, portando sólo un par de valijas, comer lo que hubiera de menú ese día, compartir ritos de pasaje con los viajeros.
Amaba Buenos Aires, aunque la mitad de sus parientes rosarinos se hubieran radicado en Córdoba.
Diestra con las labores, gozaba más el logro una cañería destapada que del bordado bien hecho.
Después de los cincuenta, se encontró con su amado Van Gogh y se lanzó a pintar.
Pobrecito, decía, se amputó la oreja por una mujer.
Lo decía con auténtica pena.
Y plagiaba, con salvaje albedrío, la locura del holandés en su mundo sin girasoles.