19.6.12

Belle de jour



A Corinne, una guerrera.

Salta entre los cuerpos y la cámara le golpea el plexo bajo un cielo de furias en zigzag. Con los brazos extendidos, esquiva las balas y cuenta, como le enseñaron, ya no para dormirse, sino para seguir atenta, ciento uno, ciento dos, ciento cuatro. No hay tiempo para el vómito, no hay casi nada más que agitación, un rugir de la sangre por las venas que siente como cables a tierra, aunque el horror esté ahí y ella no pueda ser testigo, nunca pudo, nunca fue suficiente, aunque putee y nadie escuche su grito mezclado con el miedo, entre cada cifra jadeante, entre una inspiración y otra, entre un dolerse de ese olor que cava cuando engulle el aire, tratando de absorber las reservas de lo poco que le deja el vaho de las bombas, y la cabeza pierda el quicio, y siga preguntando lo de siempre: para quién esos fuegos, qué hace allí, metiendo las narices adonde nadie la llamó, buscando entre pertrechos la vida la muerte, revolviendo la carroña, una extranjera, para quién su mirada, a punto de desintegrarse cuando la nube naranja explota a un metro de sus párpados, la pupila a full.

Ha olvidado, ha debido, el lujo de la rosa, de la estación de los cítricos en los baños limpios; el aroma a vainilla que transpira el horno moderado. Y el de las especias con sus noches, cuando el amor y la luna eran sin fondo. Saber es, entre otras cosas, ese olor perdido. Y el sabor que adivina sobre cada desgarro. Que de tan cerca pareciera morder la pulpa pero es fruto maldito. Está escrito en los árboles que no dan reparo. En un espacio de tantos donde habita sin establecerse más que un lapso. Lejos de la oscuridad regulada. Lejos de la alquimia roja. Y de la corrección geométrica, hasta el hallazgo del casi. Casi equilibrado, casi casual, casi dramático. Su primer amante, un acuarelista respetable y afecto al vodka, le había enseñado que a veces basta un detalle de imperfección para llevar donde se quiera al ojo de quien ve.

Ella quiere abrazar el horizonte y ahí va. En el crepúsculo, avista las siluetas. Se cruzan sin verse; podrían confundirse con fantasmas. Las hay de diversas alturas, pero todas delgadas cargando bultos.

En el valle, los hombres les hacen hijos. Fuman, se pintan, danzan. Construyen flechas envenenadas y nunca se persignan, pues son otros sus rituales del temor. Corinne ha leído la biblia, como una buena anglosajona de Connecticut. Cuando dispara no puede rezar. Lo aprende cuando deja atrás la selva colombiana y se mira las manos pálidas. Cuando decide cruzar la calle de su mundo y sólo volver para contarlo.

Ella es una mujer y los veteranos la respetan, porque no trata de ser como ellos porque es una mujer y no le tiembla el pulso, porque es precisa como una mujer y porque no demuestra miedo como una mujer y porque todavía peina el mechón hacia el costado y porque la melena se le suelta cuando brinca y porque ella no sabe escupir a gran distancia y tampoco le importa aprender sino a ser una mujer que hace frente y no parpadea cuando decide congelar en primer plano la cabeza del acusado sobre la mesa en negro y sangre y se aleja con pasos cortos y rápidos como una mujer para tomar desde otros ángulos la misma imagen por las dudas con previsión de una mujer para que a nadie se le pase por alto esa mirada bajo el casco que no es el de una mujer rodeada de hombres que ríen sin mirarla porque es una mujer y ellos no saben de lo que es capaz una mujer.

Clic. Una mujer mira al vacío y se acaricia la calva. Una mujer remonta con su hijo a cuestas la empinada plancha de un barco, sin aceptar, todavía, las manos que se tienden para auxiliarla. Clic. Una mujer camina frente a un aviso de Coca-Cola mientras se le enredan las telas entre los pies descalzos.

Un hombre se acoda en la muleta del niño que la mira, sin mirarla. Un hombre huye antes de caer envuelto en humo con gusto a pólvora. Clic. Un hombre se arrodilla sin pedir clemencia. Un hombre apoya la cara en la ventana de un tren, los ojos perdidos en un reflejo de nubes y árboles. Clic. Un hombre acribilla a otro por la espalda.

Ella mira los elefantes hundir sus trompas en el río y se abandona. Ella camina, sigilosa, en puntas de pie, a gatas, erguida cuando la reina le entrega la medalla, cuando la cámara de otro le dispara, quién la viera, plebeya en lidia su elegancia, un premio rotundo a su osadía, tan valiente piedad, ella sonríe para la foto, ella sabe los trucos, camuflada, siente, como todos los días húmedos, los aguijones de las heridas en las piernas que casi no se notan bajo la media, y toma la caja aterciopelada, y corre al hotel a desnudarse, y se baña de perfumes con jabón de glicerina, y se pone sobre la remera limpia el chaleco y, en los bolsillos, los rollos de 400 asas, las lentes, las tijeras, el talismán, los trapos; desenfunda el ojo en pie de guerra para verificar su estado, le toma el pulso, la temperatura, lo carga con su fiebre, y corre otra vez. Otra vez.



A.G.
(texto mío perteneciente a Libro de ojos, Alción, Córdoba, 2006)