11.9.08

Arroz a la cubana


“Un día, en medio de un camino, vi en un espejo la figura de mi padre. Alcé la mano para saludarlo en medio de la fascinación de lo imposible, y observé que esa mano me saludaba a mí mismo. Un día encuentras, siempre, la mirada que perdiste. “


Juan Cruz Ruiz


Me despertaban los olores: a caramelo frito, a cebolla rehogándose. Olores que no eran para la mañana. Después venían los sonidos: de un motor, de una danza de partículas contra el plástico duro; del chisporroteo del líquido hirviendo; del metal contra el metal y el rumor apagado que bullía entre ambos. Sonidos amigables de una comida hipercalórica que se reservaba para ocasiones especiales del invierno argentino, aunque su origen fuera tropical.
Cuando ya habían sido consumados los trámites de un desayuno escueto, llegaban los colores con sus formas: el bordó espeso de los porotos en salsa, el dorado de la banana en milanesa, el naranja del huevo que no debía rasgarse, el tiza irisado del arroz, el beige con vetas rosas y cobrizas del cerdo.
Los alimentos se presentaban al plato. La cocinera disponía en un extremo de la porcelana la banana y, dentro de su concavidad, la porción de arroz extraída de pequeños moldes. En el extremo opuesto, la costeleta y la salsa bordó a un lado de la carne. Del otro, el huevo con su corola intacta. En el medio, la fila de porotos sin licuar.
Unos mezclaban los porotos con el arroz, la banana con el cerdo, la salsa con la carne y la banana o el arroz con la banana...
Otros preferían saborear cada pieza por separado.
Los niños solíamos ser quisquillosos con el cerdo y ávidos con el arroz.
Sólo el arroz y los porotos admitían una segunda y hasta una tercera vuelta.
Lo demás era ración discreta.
Una reminiscencia agridulce. Sabor / saber de mi memoria familiar, sin aderezos ni especias.