15.3.10

Lengua madre


Hace unos meses, cuando le conté a María sobre mi proyecto Migrar, ella me envió para compartir un anticipo de su Lengua madre, su última novela vinculada a la extranjería, la distancia, los secretos familiares, la búsquedad de identidad, temas afines a aquellos que desde siempre me inquieren y motivan. Un honor y una alegría siempre el diálogo con "Tere".
María Teresa

Fragmento

Una vez, cuando era chica, su abuelo la llevó a Buenos Aires. Lo hizo por insistencia de su abuela, porque se trataba de un viaje de trabajo. Llevala para que conozca, había dicho su abuela y así, de ese modo, ella fue a Buenos Aires. Una niña, una pequeña junto a un hombre mayor que compartía reuniones de trabajo con otros hombres: un congreso de cooperativas. Y vio la Plaza de Mayo, el Obelisco, la Avenida 9 de Julio, impresionada por la gente, los autos, el ancho de las calles, las palomas, ella que llegaba desde un pueblo pequeño, en la llanura.Hace unos días, apenas llegada al país para encontrarse con los restos de su madre, una casa vacía y una caja de cartas, tuvo que esperar varias horas la combinación con un vuelo a Trelew y las ocupó en caminar otra vez por la ciudad, en sentarse en un banco de plaza, picoteados sus pies por las palomas y en recorrer la Avenida de Mayo, hasta dar con el hotel. Hotel Madrid se llama ése al que fue aquella vez con su abuelo. Encontró no sólo las rejas frente a las viejas ventanas, las letras retorcidas en hierro que le dan nombre, sino también la casa de confituras - Le Petit - donde su abuelo compraba castañas y dátiles. Su abuelo, sus abuelos...esos padres grandes que tuvo, y ella que se las ingenió para refugiarse en ese amor apretado, en esa casa y en ese patio con tejido que protegía vidas sencillas, intensas. Desde que puede recordar y, según dicen las fotos, también desde antes, había un hombre viejo que la alzaba como un padre y una abuela que estaba presente siempre, que le cosía vestidos, que le preparaba meriendas, que revisaba sus deberes...

Empezaba el verano. Lo primero que hizo después de colgar fue asomarse a la calle por la ventana que da hacia Marienplatz y mirar al vacío, cuatro pisos abajo: las mesas de hierro pintadas de blanco y la gente sentada al sol con sus abrigos livianos. Miró hasta que le brotaron lágrimas, hasta que vio tras las lágrimas cómo se desfiguraban las personas y las cosas que estaban en la calle. Recién más tarde cayó en la cuenta de que debía llamar a Lufthansa. El primer vuelo que tengan, pidió, sabiendo que de ningún modo llegaría a tiempo para sepultarla. Después el viaje. Algo de lo que uno es, permanece en los lugares que se dejaron, pero ella no se crió en esa casa del sur a donde va. Muertos sus abuelos y su madre, ya no tiene a dónde regresar. Sabe que el exilio es eso: no saber a dónde regresar. Así, sin esperanza y ya sin centro, vuelve a lo que fue. En busca de lo olvidado, al encuentro de lo oscuro, de lo ciego.

Como hija y como hermana, vuelve. Consigue un vuelo a Ezeiza con escala en Madrid. El vaivén entre la movilidad y la quietud, y ella metida en un cubículo que vuela, rodeada de gente, en completa soledad. Más tarde pasa las horas deambulando, buscándose, buscando qué, haciendo nada, por calles de Buenos Aires. Luego el traslado a Aeroparque: edificios, árboles, gente, tiempo para mirar por la ventanilla del taxi, sin esperanza de conocer a nadie. Piensa que el mundo es insondable, no entiende nada, sin embargo tiene una certeza: está pisando el país donde nació.

Después el vuelo de cabotaje. La llegada a Trelew. Lina esperándola. Lina diciendo lo que suele decirse en ocasiones como éstas. Preguntando ella lo que suele preguntarse en ocasiones como éstas. Y después Lina diciendo nada. Y ella preguntando nada. Abrazadas las dos, llorando. Ahora están todos los que son – Pippo y Marta, Lina, Rubén y sus primos- en la casa de su madre. En la que era la casa de su madre. La que era, la que es, los que son, lo que fue. Lina y su familia, en casa de su madre. Pippo y su mujer. Unas horas todos juntos y después se han ido de regreso a Córdoba. Sólo Lina se queda con ella unos días. Para ayudarte a aterrizar, dice, no quiero que te quedes sola tan pronto, como si haciéndolo le ofreciese una posibilidad de encontrarse con su madre, unos días de sobrevida para ella y para todo lo suyo sometido a la desaparición.
¿Aterrizar? No puede aterrizar, está cansada, embotada, todavía en vuelo. ¿Podrás sola con todo esto? ¿No querés que arregle las cosas para quedarme unos días más?, preguntó Lina. No, no quiso. Lo que quiere es permanecer así, ovillada, ordenándose lentamente, mientras ordena las cosas de su madre. Se tomará el tiempo que haga falta, hasta ponerse en pie. Ya avisó a Munich. Se despierta temprano en la mañana y sale al pequeño jardín de su madre, para escuchar un concierto de pajaritos patagónicos. Son mañanas heladas y claras, que se parecen a las de un tiempo de niña en su pueblo: pura contemplación de las cosas elementales, sencillas. Aunque hacia las bardas siempre hay nubarrones negros.

Cuando tenía veintiún años, inició un viaje del que no ha regresado. Una huida. Poco importa que el destino haya sido Munich, sus montañas de cuento y sus bosquecitos artificiales con ardillas, hurones y corzuelas. Desde la edad moderna, ésa es una ciudad rica, con iglesias, mansiones señoriales y un paisaje de postal, tan cuidado que deja ver en su belleza perfecta la mentira. Al año de estar allá, renovó la beca y le dio un giro a su investigación y entonces supo que no quería regresar. Estaba en una ciudad europea que conserva cierta paz, cierto aire distinguido. Vino de visita en varias ocasiones a ver a su abuela y a su madre, pero después su abuela murió y entonces le dio lo mismo volver o no.