8.9.11

Vidas privadas, cuerpos públicos




Tres años antes de quitarse la vida, JORGE BARON BIZA publicó la novela El desierto y su semilla, inspirada en su biografía familiar. Es la historia del itinerario sufriente de un rostro –el de Eligia, quemado por el ácido que le arrojó su esposo Arón, cuando firmaban los papeles del divorcio–; la del viaje iniciático del hijo de ambos –Mario Gageac–, quien acompaña a la mujer durante toda su recuperación; la de una identidad que, como ese rostro descarnado y mutante, busca un lugar, un sentido, un cierto tipo de verdad a partir de la tragedia de los padres.
El autor ejerce una voluntad extrema en la búsqueda de esa verdad. Como el retrato animalizado de Arcimboldo, El jurisconsulto, que reproduce la portada del libro y que un personaje aficionado a la pintura del siglo XVI analiza en el interior del texto, Baron Biza ensambla elementos de diversas procedencias: proclamas, artículos periodísticos, el relato de una batalla, oraciones fúnebres, citas literarias, y hasta un escrito con pretensiones académicas. Los lectores no tenemos que ir muy lejos para conocer el origen de esos materiales, pues el autor se encarga de consignarlos al final, bajo el título de Fuentes. Pero cómo, ¿esto no es una ficción?

Escribir el desierto

Los límites entre lo autobiográfico y lo novelesco son tan lábiles como la frontera entre lo privado y lo público. En esa inestabilidad radica la potencia perturbadora de la única novela de Baron Biza. Al rostro descompuesto de Eligia se le aplican colgajos y apósitos en su “etapa argentina”. Cuando viaja a Milán para ponerse al cuidado del doctor Calcaterra, el método no es cubrir sino raspar y quitar, hasta la desnudez del hueso, y dejar obrar a la naturaleza según su albedrío.

El cuerpo de la ficción, en cambio, se va poblando de restos; la lengua se contamina de cocoliche, expresiones latinas y del habla popular; la narración es intervenida por discursos de otros géneros: como el pez, como el pollito en la cara del jurisconsulto, se trata de componer una identidad que se disuelve en la pregunta: ¿cómo fue posible? Una pregunta que los argentinos nos hemos hecho más de una vez.

¿Cómo fue posible el coraje de Raúl Baron Biza, iconoclasta, yrigoyenista devenido revolucionario, escritor acusado de pornógrafo que sufrió la cárcel en varias oportunidades, y cómo el odio y la debilidad de ese hombre capaz de hacer construir, por amor y desesperación, un monumento faraónico para su primera mujer, la aviadora Myriam Stefford y de destruir, por amor y desesperación, el rostro de la segunda, Clotilde Sabattini, la hija del gobernador y madre de sus tres hijos?

¿Cómo es posible tolerar el horror, sobrevivir a la herencia, escribir después de la tragedia?
¿Cómo es posible construir una identidad en el desierto?

Si la metáfora del desierto ha sido frecuentada por la literatura argentina, también la violencia ejercida sobre los cuerpos es un estigma de nacimiento. El desierto... se inscribe en esta tradición de escritura que articula violencia y política para contar –¿para conjurar?– la historia del poder. Parece adecuada a este texto la síntesis propuesta por el escritor Ricardo Piglia, en el prólogo al libro La Argentina en pedazos: “Marcas en el cuerpo y en el lenguaje, antes que nada, que permiten reconstruir la figura del país que alucinan los escritores. Esa historia –por El matadero, de Echeverría– debe leerse a contraluz de la historia ‘verdadera’ y como su pesadilla”.

La semilla de Arón

Clotilde Sabattini, como Eligia, no fue una mujer de su casa, sino una activa profesora de historia que realizó algunos aportes importantes en el campo de la educación argentina y llegó a ocupar cargos públicos durante el gobierno de Frondizi. Pero antes de dar a conocer estos antecedentes, el narrador invoca el nombre de otra mujer, enterrada en secreto a pocos kilómetros del hospital milanés.

El ultraje las hermana. Y la privación de su identidad. Sus cuerpos no les pertenecen. Una es contraluz de la otra. Mientras Eligia lucha por recuperar algo de lo que ha sido, Eva Perón se entrega a la inmortalidad. El futuro urdirá otro encuentro –irónico, por cierto– entre Eligia y Evita: en las antípodas del peronismo durante sus primeros años de carrera –sufrió la cárcel y el exilio a raíz de su filiación radical–, Eligia/Clotilde terminará apoyando, en el ’73 y desde las filas del desarrollismo, la alianza con el partido del General.
En 1933, durante el período que los argentinos conocemos como “década infame”, antes de conocer infamias peores, Raúl Barón Biza publicó una proclama titulada “¡La hora de la lucha ha llegado!”, texto que la novela atribuye a Arón. El contrapunto con “La hora de la espada”, que Leopoldo Lugones escribió alentando la intervención militar, es evidente. Y tan tentador como el paralelismo trágico en las historias de ambas familias. Raúl se fue quedando cada vez más solo; el ataque a su esposa y su inmediato suicidio son el epílogo de ese ostracismo –él no se alió con nadie– , forjado a lo largo de toda una vida, y de cuya fascinación no puede sustraerse quien narra: “La tormenta de Arón jadea dentro de mí”.

Esa tormenta tampoco cesa para los lectores de El desierto y su semilla. Su historia nos pertenece. Y la pregunta tras el gesto extremo que clausura la obra, la vida de un hombre de palabra: ¿cómo fue posible?

Nota de mi autoría publicada a un año de la muerte de Jorge Baron Biza, en el Suplemento Cultura de "La Voz del Interior", el 5 de setiembre de 2002.