4.1.09

Sol azul



Nunca le gustaron las vísperas, pero ahora está en una distinta a todas, la primera que siente como propia, porque ha elegido la inminencia de su acontecer. Así que cuida su insomnio para estar despabilada hasta el último minuto de permanencia en la casa. La casa es de estilo inglés, con techos altos y paredes bolseadas. Su madre había diseñado la cocina con creatividad y buen gusto, en contraste con las rústicas costumbres del pueblo.


Una fiesta de sartenes de todos los tamaños y metales pende de la parrilla, a medio metro de la mesada. Hay también un horno de barro cerca del ventanal y varias planchas de madera y un cuenco grande sobre lo que fuera el piletón del lavadero. Su madre cocinaba poco, pero disfrutaba de la sensación de hogar que generaba ese espacio, donde las mezclas y la diversidad de haceres encontraban un cauce común: dorar y escribir, fritar y pintar, tejer, especiar y depilarse, la cera a fuego moderado en olla de aluminio, confundiendo su aroma con el del caramelo del flan.

La de esa cocina es la única puerta que le duele cerrar, antes de echar el sobre por la ranura del buzón. La carta está dirigida a Rosita Montes, sin fecha y, al pie, apenas un “gracias”. No dice “querida”, ni le deja besos ni abrazos. Sólo un par de instrucciones: que le riegue las plantas, que una vez por semana se ocupe de ventilar los ambientes y que, al recibir el poder con su firma, disponga a su antojo de la propiedad.

No quiere mirar atrás, sólo respira hondamente hasta sentir el ardor en la nariz, y se le nubla la vista del esfuerzo por absorber todos los olores queridos.
Se sienta a esperar el ómnibus al costado de la ruta desierta. El sol azula todavía cuando se deja ir.